Las Misas Gregorianas

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Si hay algo que se transmite rápido en los “velorios”, además del café y los chismes familiares, son las “tradiciones”. Y entre ellas hay una que casi siempre viene, con un pequeño error: “Hay que mandarle hacer las 33 misas gregorianas.”

Y uno termina preguntándose, de dónde salieron esas tres misas de más. Porque la Iglesia nunca ha hablado de 33 Misas Gregorianas, sino de 30.

Esta tradición se remonta al siglo VI. San Gregorio Magno, cuando aún era abad de un monasterio en Roma, narra en sus Diálogos la historia del monje Justo, quien murió arrepentido después de haber faltado gravemente al voto de pobreza. 

San Gregorio ordenó celebrar la Santa Misa durante treinta días consecutivos, por el descanso de su alma. Al concluir el trigésimo día, el monje se apareció a un hermano de la comunidad anunciando que había alcanzado la paz. De este hecho nació la piadosa práctica de las 30 Misas Gregorianas, conservada y regulada por la Iglesia durante siglos.

Ahora bien, conviene aclarar algo importante: las Misas Gregorianas no son una fórmula mágica para “sacar un alma del purgatorio de modo express”, ni poseen un poder distinto al de cualquier otra Eucaristía. 

La Iglesia jamás ha enseñado eso. Lo que sí enseña es algo mucho más profundo: la Santa Misa es la oración más perfecta que podemos ofrecer por un difunto, porque en ella se hace presente el único sacrificio redentor de Cristo.

Las Misas Gregorianas consisten en treinta celebraciones eucarísticas ofrecidas por un mismo difunto durante treinta días consecutivos, para el bien de su alma, implorando que Dios tenga misericordia del difunto. Si por alguna causa grave e inevitable, se interrumpen los días, la normativa de la Iglesia prevé cómo proceder: el 24 de febrero de 1967, la entonces Sagrada Congregación del Concilio precisó que si existe una causa grave e inevitable (por ejemplo, enfermedad o imposibilidad objetiva del sacerdote), la continuidad puede verse interrumpida sin que necesariamente desaparezca el carácter gregoriano o incluso otro sacerdote puede continuar las intenciones de la misma; y que esta práctica nunca debe convertirse en un acto comercial o supersticioso.

¿Cómo se solicitan? Basta acudir a una parroquia, monasterio o comunidad religiosa y pedir expresamente unas Misas Gregorianas por un solo difunto. El sacerdote verificará que puedan celebrarse conforme a las normas de la Iglesia.

No son obligatorias, pero sí una hermosa obra de misericordia. El mayor regalo para quien ha partido no es una corona más grande ni una esquela más extensa, sino ponerlo sobre el altar y confiarlo a la infinita misericordia de Dios.

Y, para que no se olvide: son treinta, no treinta y tres.

Hasta un próximo encuentro.

Desde el monasterio.