Jimmy Drabczak

Primer Tema: El amor de los Serafines

«Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria» (Is 6,3).

Al comenzar este camino de preparación hacia la Gran Consagración a San Miguel Arcángel, la Iglesia nos invita a contemplar al primer coro de los ángeles: los serafines. Su nombre significa «los ardientes», porque viven inflamados por el amor de Dios y permanecen continuamente adorando su infinita santidad. Su existencia nos recuerda que el primer mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas y que toda auténtica santidad nace de ese amor.

La historia de la salvación nos enseña que el origen del mal no está en Dios. Él es el Bien supremo y en Él no existe sombra alguna de maldad. Sin embargo, desde siempre el ser humano se ha preguntado qué es el mal y de dónde proviene. La Sagrada Escritura revela que el mal aparece cuando criaturas inteligentes, dotadas de libertad, rechazaron el amor de Dios.

El libro del Génesis presenta la tentación de nuestros primeros padres. La serpiente les promete: «Serán como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gn 3,5). Aquella propuesta escondía una gran mentira. Dios conoce perfectamente el mal sin haberlo querido jamás, porque es el Señor, que lo vence con su amor y su poder. El ser humano, en cambio, llega a conocer el mal cuando lo experimenta por el pecado. Y toda experiencia del pecado deja heridas, sufrimiento y división en el corazón.

La tradición de la Iglesia enseña que también los ángeles fueron sometidos a una prueba de libertad. Algunos, encabezados por Satanás, rechazaron a Dios movidos por la soberbia y se apartaron definitivamente de Él. Frente a ese «no serviré» del ángel rebelde, resplandece la fidelidad de San Miguel Arcángel, cuyo nombre significa: «¡Quién como Dios!». Allí donde el orgullo destruye, la humildad restaura; donde el mal divide, el amor de Dios vuelve a unir.

Por eso, el verdadero combate espiritual comienza en el corazón. Cada día también nosotros debemos elegir entre confiar en Dios o seguir las falsas promesas del pecado. Nadie está exento de esta lucha. El enemigo actúa con astucia, procurando alejarnos poco a poco de la voluntad del Señor, pero nunca puede obligarnos a pecar. Dios siempre nos concede la gracia necesaria para permanecer fieles.

Por eso la Iglesia recomienda acudir con confianza a la intercesión de San Miguel Arcángel y rezar con frecuencia la oración compuesta por el papa León XIII, pidiendo ser defendidos de «las malicias y asechanzas del demonio».

Los serafines nos recuerdan que la mejor defensa contra el mal no es el miedo, sino el amor. Un corazón que ama a Dios vive en gracia y procura cumplir su voluntad y encuentra en Él la fuerza para vencer las tentaciones y permanecer firme en el camino de la santidad.

Al iniciar esta preparación para la Gran Consagración a San Miguel Arcángel, pedimos la gracia de renovar nuestro amor al Señor. Solo quien pone a Dios en el primer lugar puede repetir con verdad, junto a San Miguel y a todos los ángeles del cielo: ¡Quién como Dios!

Compromiso

Hoy dedica unos minutos a examinar tu corazón y pregúntate: ¿Qué ocupa el primer lugar en mi vida?: ¿Dios o alguna otra realidad? Pide al Señor la gracia de amarlo sobre todas las cosas.

Oración

San Miguel Arcángel, alcánzame la gracia de permanecer siempre fiel al Señor. Que, inspirado por el amor de los serafines, mi corazón arda cada día más en el amor de Dios y rechace todo aquello que me aparte de su voluntad. Amén.