Pedro Domínguez

En los periódicos, por lo general, la sección deportiva es la que tiene más páginas; es la más leída y la primera que se pierde cuando en un rinconcito guardamos el diario, dizque para hojearlo luego. 

Los programas deportivos se escuchan por doquier. Hay más cronistas deportivos que de arte, de farándula o de cocina. En las esquinas se discute más de deportes que cualquier otro tema. Y, para colmo, tenemos más bancas de apuestas deportivas que escuelas, bibliotecas y hospitales.

Hoy nos referiremos al fútbol, un deporte que llegó a nuestra tierra para quedarse. Es indiscutible que en los colegios de las clases media y alta se practica incluso más que el béisbol. Varios de esos planteles cuentan con canchas de fútbol. 

En algunos sectores siguen y conocen más a Lionel Messi que a Juan Soto. Es la realidad. Este deporte nos ha contagiado, se juega en todo el país, su afición crece de manera extraordinaria, con ligas organizadas y competitivas.

Una prueba de ello es el entusiasmo que vivimos con la Copa Mundial de Fútbol, ya en su etapa final, donde franceses parecen nigerianos, mejicanos se confunden con iraníes y hasta tuvimos un japonés de tez oscura. No hay fronteras raciales. Llegan jugadores de países ricos y pobres, con gobiernos de izquierda y de derecha, judíos y musulmanes, ateos y cristianos.

Es un evento símbolo de unidad universal, aunque en esta edición hubo aspectos que escaparon a la armonía, el respeto y la igualdad que deben imperar en el deporte y en la vida. Pero, bueno, la historia, implacable, juzgará. Concentrémonos en lo positivo, que opaca con creces lo negativo. En un planeta repleto de conflictos e intereses, el deporte promueve la hermandad entre los pueblos, en un ambiente sano y alegre.

Observemos la pasión de los atletas en el terreno, donde el nombre de sus naciones está en juego. Se entregan con ganas; aún lesionados, siguen corriendo, defendiendo, atacando y motivando a sus compañeros. Sueñan con ser campeones. La ambición, con nobles propósitos, ayuda a vencer obstáculos. Nuestro techo tiene la altura que le construyamos.

No existen muros que dividan. Solo el talento marca diferencias accidentales entre equipos integrados por hombres iguales ante Dios. Y quien discrimina es sancionado. Hasta los fanáticos deben comportarse bien.

El Mundial de Fútbol tiene enseñanzas que trascienden lo deportivo. Podemos aprender mucho de este deporte, lo sigamos con pasión o apenas ocasionalmente. Disfrutemos este gran espectáculo universal, porque, si asimilamos sus buenos ejemplos, seremos mejores ciudadanos. 

Sin duda, estos juegos representan una hermosa muestra de confraternidad. 

¡Ah, y ojalá en un futuro cercano República Dominicana sea parte de esa fiesta deportiva!