Volver con el agresor: lo que no vemos detrás del ciclo de la violencia

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Por Sumaya Rodríguez

Cada vez que una mujer regresa con su agresor, la sociedad suele preguntar: “¿Por qué volvió?”. La respuesta no es simple. Detrás de esa decisión se esconden prejuicios, desconocimiento y una profunda incomprensión de lo que significa vivir atrapada en el ciclo de la violencia.

La violencia en la pareja rara vez inicia con golpes. Comienza con celos, control, insultos y aislamiento. Luego llega la agresión física, psicológica, sexual, económica y después la llamada “fase de luna de miel”: el agresor pide perdón, promete cambiar, se muestra cariñoso y busca apoyo externo para convencerla de regresar. Muchas mujeres vuelven en ese momento, no por debilidad, sino porque aún conservan la esperanza de que el hombre que aman pueda transformarse.

El amor y la maternidad también explican el regreso. Muchas mujeres han construido una vida junto a su agresor, tienen hijos en común y enfrentan manipulaciones emocionales o amenazas de separación. A esto se suman las dependencias: económica, emocional, psicológica y afectiva, que hacen más difícil romper definitivamente el vínculo.

Salir de una relación violenta no es cerrar una puerta y marcharse. Es un proceso complejo que requiere reconstruir seguridad, confianza y autonomía. Por eso, cada regreso debe verse como una señal de alerta y una oportunidad para acompañar, informar y fortalecer a la víctima.

Las personas deben entender que romper el ciclo de la violencia suele necesitar varios intentos. Lo esencial es tender la mano, no juzgar. Porque ninguna mujer merece vivir con miedo, y ninguna víctima debería enfrentar sola el camino hacia su libertad.