Padre Jimmy Drabczak

Cuando hablamos de los ángeles, muchas personas piensan inmediatamente en seres celestiales, que aparecen en las páginas de la Biblia. Y es verdad. La Sagrada Escritura nos muestra a los ángeles como mensajeros de Dios, protectores y servidores de su plan de salvación. Sin embargo, hay una pregunta que vale la pena hacernos: ¿cómo actúan hoy los ángeles en medio de nosotros?

Jesús dijo algo extraordinario acerca de los niños: «Cuídense de despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles en los cielos ven continuamente el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10).

Estas palabras nos recuerdan que cada niño ocupa un lugar especial en el corazón de Dios. Ninguno es olvidado. Ninguno está solo. Cada uno es objeto de un amor particular y de una protección especial. 

Durante los últimos meses he tenido la oportunidad de acompañar grupos de catequesis y participar de encuentros con niños. En una ocasión les preguntamos qué era lo que más deseaban.

Sus respuestas fueron sorprendentes. Ninguno pidió dinero. Ninguno pidió un teléfono nuevo. Muchos hablaron de amor, de paz, de sus padres y de sus abuelos. Algunos expresaron el deseo de sentirse más queridos o de pasar más tiempo con quienes aman.

Aquellas respuestas me hicieron pensar que los niños continúan necesitando algo que ninguna tecnología puede ofrecer: cercanía, atención y amor. Y precisamente ahí es donde Dios sigue enviando a sus ángeles. 

A veces esos ángeles tienen el rostro de una madre que escucha. Otras veces son un padre que encuentra tiempo para sus hijos. Muchas veces son unos abuelos que enseñan a rezar, acompañan a la iglesia y transmiten la fe a las nuevas generaciones. También pueden ser una madrina, un catequista, un maestro o un vecino que se interesa sinceramente por el bien de un niño.

El Beato Bronislao Markiewicz comprendió muy bien esta realidad. Por eso dedicó su vida a los niños más necesitados y puso toda su obra bajo la protección de San Miguel Arcángel. Sabía que los pequeños necesitan defensores, personas que los ayuden a crecer, a descubrir su dignidad y a encontrar el camino hacia Dios.

Quizás los desafíos de hoy sean distintos a los de hace cien años. Muchos niños ya no sufren la pobreza extrema que existía en otras épocas. Sin embargo, no son pocos los que experimentan otra forma de pobreza: la falta de tiempo, de diálogo y de acompañamiento. Por eso el mundo sigue necesitando ángeles. Necesita hombres y mujeres que protejan la inocencia de los niños. Necesitamos familias que sepan escuchar. Necesita adultos que den buen ejemplo. 

Necesitamos cristianos que comprendan que educar no consiste solamente en dar cosas materiales, sino sobre todo en ofrecer amor y presencia. Cada vez que ayudamos a un niño a sentirse amado, valorado y acompañado, colaboramos con la misión de los ángeles. 

Y cada vez que protegemos a uno de los pequeños de Dios, estamos trabajando junto a San Miguel Arcángel en la construcción del Reino.

Que los santos ángeles custodios cuiden a nuestros niños, fortalezcan a nuestras familias y nos ayuden a ser para los demás instrumentos del amor y de la protección de Dios.