Pedro Domínguez
El radicalismo desemboca en la intolerancia. Si no comprendes que la “paloma de la paz” también puede ser negra, tienes una visión limitada de tu esencia y del universo.
Ser tolerante es reconocer que no necesariamente tenemos la razón, sin renunciar a defender nuestras convicciones con gallardía; es aceptar la personalidad del otro, siempre que sus actos no perjudiquen a terceros; es valorar al prójimo por lo que hace, no por su condición.
Los intolerantes “odian” y “aman” sin comprender los límites de ambas palabras. El fanatismo les impide ser felices y conservar el sano juicio. La intolerancia desconoce límites: conlleva desatinos, pasiones sin dones, lógica difusa y caprichos. Pondré algunos ejemplos.
Los intolerantes políticos discuten con pasión y exaltan con rabia sus creencias, sin apreciar las bondades de otras posturas; juran que solo ellos poseen la verdad. Asimismo, hay intolerantes que justifican guerras y crímenes para proteger sus intereses o el poder que representan; esos son miserables del alma.
Están los intolerantes nacionalistas, que solo valoran su país y su historia; para ellos, el resto es insignificante; absurdamente encumbrados, humillan, maltratan, condenan y asesinan.
Tenemos a los intolerantes religiosos, que justifican todo en nombre de Dios. Por igual, están esos intolerantes fanáticos que siguen a ciegas a otros individuos, perdiendo así todo signo de personalidad; en estos últimos se enfoca mi artículo.
En resumen: cuando los asuntos políticos, ideológicos, sociales, religiosos o de liderazgos se alimentan de intolerancia, pierden su objetivo y perjudican la causa que defienden.
Como expresé, evito los radicalismos, porque son siameses de la intolerancia, pero, perdonen mi ligera contradicción: me confieso devoto seguidor del papa León XIV. Lo ocurrido recientemente en España con Su Santidad me sigue motivando a fortalecer mi fe, admirarlo de puro corazón y seguirlo con todas las fuerzas de la razón.
Con cada discurso del papa León XIV lloré, con todo y jipío, con más esperanza en el porvenir de la humanidad. Estudié con marcadísimo interés cada palabra que expresó, cada frase y cada idea, todas enfocadas en reflexiones extraordinarias. Aprendí tanto, que hoy me siento más pleno de conciencia y de entendimiento.
Me emocioné al contemplar los gestos de felicidad y el semblante de armonía de la multitud que lo acompañó. Las ideologías se rindieron ante los llamados firmes del Obispo de Roma. Su presencia en la catedral de la Sagrada Familia iluminó el alma de millones de personas. Donde estuvo, se respiró amor.
Mi inmensa admiración por el papa León XIV es consciente y me honra como ser humano; se enmarca en el respeto al que opina distinto, lo que representa la esencia de la tolerancia. ¡Por su “culpa” soy “fanático”!




