Los centros educativos deben ser lugares donde se respire seguridad, armonía, y un ambiente propicio para el aprendizaje. 

Así concebimos este lugar sagrado que definimos como la escuela. Esta apreciación da tranquilidad a los padres y madres, al saber que las horas que pasarán sus hijos en el centro educativo, éstos estarán libres de cualquier contingencia que afecte su integridad física y psicológica.

Sin embargo, en los últimos años las escuelas están siendo contaminadas por acciones violentas, protagonizadas por alumnos que arrastran traumas y malos hábitos, que adquirieron en sus hogares y la sociedad. Esto ha traído como consecuencia, que la relación entre docentes y alumnos haya perdido su fundamento. 

Hoy tenemos la triste realidad de ver cómo el maestro pierde la autoridad, ante alumnos que se sienten protegidos por un sistema educativo que desautoriza al maestro, para corregir el mal comportamiento  de algunos alumnos. Hay docentes que ya sienten miedo de estar en las aulas, porque las agresiones contra ellos se están repitiendo con mucha frecuencia. Es que el irrespeto a las normas establecidas se ha convertido en un estilo de vida para muchos estudiantes.

De no buscarse a tiempo los correctivos necesarios para frenar esta nueva relación entre maestros y alumnos, que se está presentando en el sistema educativo dominicano, corremos el riesgo de llegar a un punto en donde la escuela perderá su razón de ser. ¿Qué estamos haciendo para evitarlo?

Nuestro país necesita una escuela en donde se aprenda el amor al trabajo, la disciplina, puntualidad, honradez, solidaridad, vocación de servicio, y fomentar una cultura de  paz. Solo así tendremos la patria que tanto anhelamos.