El Buen Pastor y los ángeles que custodian el camino

Jimmy Drabczak

Jesús nos dice hoy que el pastor entra al redil por la puerta, y que quien entra por otro lado es ladrón y bandido. Cuando escuchamos la palabra “ladrón”, imaginamos a alguien sospechoso, un delincuente que entra de noche a robar. Pero la realidad es más compleja: muchas veces el ladrón no parece ladrón.

El ladrón sabe ganarse la confianza. Se acerca con amabilidad, con palabras suaves, incluso con apariencia de bien. Puede parecer amigo, puede parecer alguien cercano… incluso puede parecer pastor.

Recuerdo una experiencia de mi infancia. Una prima mía salía de casa rumbo a la escuela, cuando una señora muy amable se le acercó diciendo que era amiga de su mamá. Le pidió volver a la casa para esperarla. La niña dudó, pero la mujer la convenció. Una vez dentro, pidió saber dónde se guardaban las cosas importantes para dejar una nota. Luego comenzó a revolver todo, buscando objetos de valor.

Mi prima, asustada, se fue a la cocina a proteger lo que para ella era más importante: unas tazas que había recibido con cariño. Así actúa el ladrón: primero gana confianza… luego roba. Algo parecido ocurrió en el inicio de la historia humana. Adán y Eva confiaron en la voz del tentador en lugar de confiar en Dios. Y lo perdieron todo. Quien sigue a un falso pastor termina descubriendo que ha sido engañado.

Una pequeña historia lo explica bien. Dos hermanos preparaban huevos de Pascua. Uno propone: “Déjame romper tres huevos en tu cabeza y te doy un dólar”. El otro acepta. Recibe dos huevos… y espera el tercero. Pero nunca llega. “No lo rompo —dice el hermano— porque me costaría el dólar”. Así funciona muchas veces la vida: la promesa es grande, pero el final es engaño.

Recordamos también a Judas. Después de traicionar a Jesús, quiso devolver el dinero. Pero recibió una respuesta fría: “Eso es asunto tuyo”. El mal siempre abandona al final.

En cambio, quien confía en el Buen Pastor nunca queda solo. Jesús dice: “Yo soy la puerta”. Él no engaña. Él no manipula. Él conduce hacia la vida. San Pablo recuerda que Cristo pagó por nosotros con su propia sangre. Dio la vida. Por eso es digno de confianza. Una antigua historia cuenta que un rey se disfrazaba para conocer a su pueblo. Un día, como mendigo, se hizo amigo de un anciano. Luego, ya como rey, le ofreció regalos. Pero el anciano respondió: “Me diste lo más grande: te diste a ti mismo”. 

Eso hace Jesús. No solo nos da cosas. Se entrega Él mismo. Y en este camino no estamos solos. Dios ha puesto a nuestro lado a sus ángeles. Ellos, de manera silenciosa, custodian nuestra vida, iluminan nuestras decisiones y nos ayudan a no dejarnos engañar por falsas luces. Jesús vino para que tengamos vida, y vida en abundancia. No una vida a medias, sino plena. Por eso, no hay duda de en quién confiar. El ladrón engaña. El Buen Pastor da la vida. Que el Señor nos conceda reconocer su voz y seguirlo siempre, acompañados por sus ángeles.