Desde España/ Área: Pastoral de la Salud
HOJUELAS DE ESPERANZA
Mary Esthefany García
¿Qué podemos decir a alguien que está hecho polvo por el dolor, la enfermedad o el cansancio del alma? Quienes acompañamos sabemos que no basta un “levántate” o un “ten ánimo”. Hay momentos en que el corazón está tan caído que no puede responder a consignas, aunque el cuerpo conserve fuerzas. En esos instantes, la verdadera ayuda no es empujar, sino sentarse al
lado y compartir el peso.
En una ocasión, en medio de la fragilidad de una paciente, surgió decirle que los salmos son las
oraciones que mejor nos enseñan a empatizar con el dolor. Ellos ponen palabras cuando las nuestras se han agotado.
El salmista se atreve a decir: «¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te turbas dentro de mí?» (Sal 42,6). Este texto bíblico no niega la angustia; la nombra y la presenta ante Dios. Su interpretación es profundamente humana y espiritual: Dios no se ofende por nuestra tristeza, al contrario, nos invita a llevarla a su presencia y a esperar en Él cuando ya no podemos más.
Los salmos elevan el alma, porque nacen del desierto interior. Al recitarlos como desahogo, descubrimos que Dios ya estaba allí, sosteniéndonos. Lo mismo expresan los himnos de la liturgia, como “Desierto de mi corazón”, que suplican una fuente en medio de la sequedad. No prometen soluciones inmediatas, pero sí una certeza: no estamos solos.
Acompañar desde la fe es ayudar a rezar cuando el otro no puede, confiando en que el amor de Dios sostiene incluso al corazón más cansado.
Oración
Señor, cuando mi alma se sienta abatida y sin fuerzas, préstame tus palabras para rezar. Haz de mis desiertos un lugar de encuentro contigo. Sostén a quienes sufren y enséñanos a acompañar con compasión, silencio y amor. Amén.




