(y otras conversaciones pendientes)
Antes de entrar al monasterio, yo escribía pequeños guiones de teatro. Cosas sencillas, a veces profundas, a veces medio improvisadas, pero siempre con esa intención de poner a hablar lo que uno lleva por dentro.
Hace unos años escribí una conversación entre un joven —que bien podría haber sido yo, o cualquiera de nosotros— y Jesús Resucitado. No era un texto perfecto, pero sí honesto. Y en esta Pascua, me parece oportuno compartirlo.
Porque, seamos claros, todos tenemos algo de Tomás :
—Señor, si no veo… no creo.
†¿Qué quieres ver?
—Algo real. No historias de hace dos mil años.
†¿Y tu vida? ¿No te parece suficientemente real?
— ¿cómo así?, explícate.
†¿Cuántas veces has estado roto… y sigues de pie?, ¿Quién te sostuvo cuando nadie sabía lo que te pasaba?
—Eso no prueba nada…
† ¿ah no?, Entonces dime:
¿por qué nada te llena del todo?
¿por qué sigues buscando?
—Porque… no sé.
† Porque estás hecho para más.
—Pero yo quiero verte a Ti.
† Tomás vio mis llagas. Tú puedes verlas todos los días.
—¿Dónde?
† En el que sufre e ignoras.
En la Eucaristía que visitas poco.
En mi Palabra que dejas cerrada.
—¿Y cómo sé que estás vivo?
† Porque sigo transformando vidas.
Porque te sigo llamando… incluso cuando me ignoras.
—¿Y si me equivoco creyendo?
† Peor es vivir sin sentido.
—Entonces… ¿qué hago?
† Deja que Yo toque tus heridas.
…
Estimado lector, la resurrección no es un recuerdo bonito, es una presencia viva y actual. Cristo no se aparece como queremos, se manifiesta donde menos miramos, dentro de nosotros mismos. Y tal vez por eso seguimos dudando, no porque falten pruebas, sino porque nos sobran distracciones.
Esta Pascua no trates de entenderlo todo. Trata de dar ese paso, que no te has atrevido a dar. Porque al final, la fe no empieza cuando ves, empieza cuando decides responder.
Aleluya, Aleluya
Hasta un próximo encuentro
Desde el monasterio.




