Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.
Muchos cristianos reducen la religión a cumplir normas. Cumplir lo mandado es fundamental. Mateo cita a Jesús en su evangelio: “No piensen que he venido para poner fin a la ley o a los profetas; no he venido para poner fin, sino para cumplir (Mateo 5, 17). Pero el cumplimiento pleno de la ley consiste en amar al Señor y al prójimo (Mateo 22, 36 – 40).
En tiempos de Jesús, nadie era más puntilloso en la observancia de la ley que los escribas y fariseos. La cultura y la religión de Israel fueron irrespetadas, primero por los seléucidas en el siglo II antes de Cristo y luego por los romanos, desde la invasión de Pompeyo (63 a.C.). Observar las normas judías era un acto de valentía y afirmación patriótica ante el invasor amenazante.
Pero toda esa normativa cumplida estaba descuidando aspectos fundamentales relacionados con el amor. Jesús se los echó en cara: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas que pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, y han descuidado los preceptos más importantes de la ley!: La justicia, la misericordia y la fidelidad! Estas son las cosas que debían haber hecho, sin descuidar aquéllas. ¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito y se tragan el camello!” (Mateo 23, 23 – 24).
La oración nos libera relativizando nuestra agenda para atender el Reino, la propuesta decisiva de Dios en medio de la vida. En varias parábolas Jesús compara la propuesta del Reino a un hombre que organizó una cena y mandó a sus criados a invitar a los posibles comensales. El organizador de la fiesta les apremiaba: vengan, todo está listo! Pero tal y como nos ocurre a nosotros, cada uno tenía una excusa para no ir (Lucas 14, 15 – 24).
En la oración, nos llega la invitación interpelante del Señor para que asistamos a una fiesta que nosotros no organizamos. Su invitación revela la tiranía de nuestras prioridades egoístas. Muchos solo atienden a sus intereses y se excusan para no ir a la fiesta de Jesús. En Lucas, el Maestro se queja: “¿A qué, entonces, compararé a la gente de hoy en día… Se parecen a los niños sentados en la plaza, reprochándole a los otros: les tocamos la flauta, y no bailaron; entonamos endechas, y no lloraron.” (12, 31 – 33).



