y Viernes Santo en la vida real

El Domingo de Ramos es hermoso, palmas, cantos, “¡Hosanna!”, fotos lindas, estados con versículos, playlist cristiano sonando. Empiezan las películas sobre Jesús y los dibujos animados religiosos. Y todo el mundo proclamando: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.

Y en redes… ni se diga. Historias, reels, captions espirituales. Fe en HD. Hasta ahí, todo bien. El problema es cuando el cristianismo se queda en modo online.

Porque la misma gente que grita “Hosanna” el domingo, el viernes estará diciendo: “Crucifícalo”. No cambiaron de pueblo… Cambiaron de corazón. Y eso sigue pasando, pero con WiFi.

Subimos frases de fe, compartimos canciones, hacemos obras de caridad… pero bien grabadas. Y mientras tanto, en la vida real, el pobre incomoda, la Eucaristía se posterga, la confesión se deja “para después”, y el hermano —ese que sí está en 4K frente a mí— se convierte en problema.

La Iglesia no nos invita a actuar la fe, sino a encarnarla. La liturgia no es contenido; es encuentro. Y los sacramentos no son decoración espiritual, son fuente de vida real. Jesús no necesita likes, necesita discípulos.

El mismo Cristo que aclamamos con la palma es el que pasa cargando la cruz en el hermano que ignoramos. Y ahí es donde se complica todo, porque ese Vía Crucis no tiene música de fondo ni filtro bonito.

La Cuaresma —y especialmente esta Semana— nos pone un espejo incómodo: ¿a cuál Cristo seguimos? ¿al que aplaudimos… o al que nos pide conversión? San Juan Crisóstomo lo decía sin rodeos: “¿Quieres honrar el Cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando lo ves desnudo en el pobre.”

La fe real no se mide en publicaciones, sino en coherencia, en volver a la Eucaristía, en reconciliarse, en perdonar, en amar cuando cuesta.

Y recuerda que si el Domingo de Ramos no nos lleva al Viernes Santo, se queda en desfile. Y si el Viernes Santo no nos cambia la perspectiva … La Pascua no llegará a nuestras vidas. 

Hasta un próximo encuentro,

Desde el monasterio.