La fe como regalo que puede surgir en los momentos más oscuros

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Por Mary Esthefany García Batista

Hay momentos en la vida donde la oscuridad parece envolverlo todo: el dolor, la pérdida, la incertidumbre.

En esos instantes, la fe no siempre se siente como una certeza, sino como un anhelo, una pequeña llama que lucha por no apagarse.

Y es precisamente en la noche del alma donde Dios se acerca con más ternura, regalándonos la fe como una luz que no nace de la razón, sino del amor.

Cuando las fuerzas se agotan y no quedan respuestas, la fe se presenta como un don silencioso. No la conquistamos, la recibimos.

Surge cuando, con humildad, reconocemos nuestra fragilidad y decimos: “Señor, no entiendo, pero confío en Ti.”

En ese acto sencillo, el corazón se abre a la esperanza, y en medio de la oscuridad, comenzamos a ver con los ojos del alma.

“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú

estarás conmigo.” — Salmo 23:4

La fe no niega la oscuridad, pero nos enseña a caminar dentro de ella con confianza. Dios no nos libra siempre del valle, pero sí nos acompaña en el trayecto.

Señor, en los momentos de duda y oscuridad, regálanos la fe que sostiene y consuela. Que podamos reconocerte aún cuando no te vemos, y confiar en tu amor, que nunca nos abandona. Amén.