Cuando oren digan: ¡Padre!

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Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

Una de las primeras palabras de una niña o de un niño es: papá o mamá. Apenas alcanza a pronunciarlas correctamente, pero ellas encierran ya un reconocimiento.

Con ellas, esa “personita” aventura su respuesta personal y tierna a un amor que siempre le ha precedido. Con su balbuciente “papá” o “mamá” la niña reconoce una relación que la sustenta y de la que apenas se distingue. Diciendo “papá” y “mamá”, el niño se sitúa amorosamente ante sus progenitores y desde esa relación que le ubica en el mundo, sale a la existencia diaria, creciendo y aprendiendo.

En una ocasión, los apóstoles le pidieron a Jesús: “enséñanos a orar como Juan, el Bautista enseñó a sus discípulos” (Lucas 11, 1–13). Jesús les exhorta: “cuando oren digan: Padre Nuestro que estás en el cielo”.

Jesús sabe que la oración arranca de una convicción de fe. Como bellamente lo expresa Juan en su evangelio: “A Dios, nadie lo ha visto jamás” (1, 18 – 20). Afincado en su fe, el que ora se dirige al Invisible. Y Jesús ayudó a sus discípulos y nos ayuda a nosotros hoy en día con su propia fe, al revelarnos que el Invisible, ese ser que es llamado “Dios” en cientos de culturas, es “padre”.

Empleando la palabra “padre”, Jesús nos invita a dirigirnos a Dios como fuente personal, gratuita y primera de amor y de vida. 

Cuando uno se dirige a Dios llamándolo “padre”, está orando junto a Jesús, tal y como él nos enseñó.

La palabra “padre” nos ayuda a entender que, al igual que niños balbucientes, orar es reconocer con el corazón lleno de agradecimiento una relación que nosotros no comenzamos.

A través de su oración, Pablo de Tarso pudo mirar su vida de una nueva manera, agradecida, interpretándola como algo que ocurre dentro del amor de Dios. Tan convencido estaba de ese amor, que llegó a decir de Dios: “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17, 28).

Cuando el niño aventura su primer  “papá”, no está expresando simplemente dos sílabas, sino el reconocimiento de otro ser de quien ha recibido cada día cientos de gestos de amor.

El que ama y es amado, reconoce y expresa su amor. El que vive, respira. El que cree, ora para expresar su reconocimiento admirado y agradecido al Padre por tanto amor.