Estaba realizando unos trabajos de cons­trucción en casa de mis padres, era enero, próximo al día de la Virgen de la Altagracia, 21, y le dije a los trabajadores cuál iba a ser su itinerario de trabajo de los próximos días. 

Eran amigos de la be­bida y de la parranda, y me sorprendió lo que me dijeron, pues tampoco eran hombres de una participación activa en la vida de la comunidad eclesial: “Trabajaremos los días antes del día de la Virgen de la Altagracia, pero ese día no, porque es un día muy grande y se respeta”. 

Gran sorpresa para mí, ver cómo aquellos hombres, que no eran practicantes asiduos de las acti­vidades de costumbres de la Iglesia, que hasta do­mingo trabajaban, sin embargo el día de la Vir­gen de La Altagracia no había quién los moviera a trabajar, porque ese día para ellos era de muy alta estima y respeto.

Así sucede con mu­chos dominicanos, no son personas de un compromiso continuo con la vida de la Iglesia en sus di­mensiones pastorales y celebrativas, sin embargo, hay un todo de devoción y afecto hacia María, la Madre de Jesús, condensada en esta advoca­ción nuestra de la Virgen de la Altagracia. 

Me decía una vez un pariente, que no frecuen­taba mucho la Iglesia, que él tomaba un día del año para ir a Higüey y pasarse el día allí junto a la Ma­dre. Así me lo decía, re­zaba lo que sabía y que le había enseñado su madre, se confesaba, participaba de la misa, repartía limos­nas entre los pedigüeños que allí habían, y al final del día volvía a Santiago, hasta el próximo año en que volvía a cumplir con su típica devoción, y así lo hizo hasta el día de su muerte.

También hay gen­te de una fe profunda y de mu­cho compromiso comunitario y con la expansión del Reino, quienes han sabido recibir como mu­chos, otros favores del Señor por mediación de la Virgen, en el caso de una enfermedad, un fracaso de cualquier índole en la vida. 

Sé de un Señor de mu­cha fe, a quien se le diagnosticó una anomalía en su corazón, debía de ha­cérsele una operación del corazón conocida como “by pass”: extraer arterias de sus extremidades inferiores o de sus glúteos y sustituir con ellas las cercanas al corazón, pues estas ya no funcionaban. Se le pidió una prueba de esfuerzo y unos estudios con medicina nuclear. 

Fue sorpresivo que después de estos estudios se le pidiera hacérselo de nuevo, sin pagar otra vez; cuando el coordinador de los estudios le llamó, le dijo que pidió hacerlos de nuevo, porque había algo que no entendía y que si se estuviera en Estados Unidos, él fuera objeto de estudios más prolongados, por lo atípico de la situación.

El asunto fue que las pruebas revelaban que las arterias estaban tan su­cias, diríamos, que la costra se había pegado tanto a la misma arteria que se habían vuelto parte de ella y dejaban un espacio en medio por el cual la sangre podía circular sin problema, y que por tal motivo no recomendaba la operación, y veía aquello como algo milagroso, ya que él que era creyen­te, la persona en cuestión le dijo, que desde que se le diagnosticó ese problema había orado y pedido al Señor por la intercesión de la Virgen de la Altagracia, y que también lo veía como un milagro por mediación de ella.

Esta persona después de eso duró más de 25 años, y murió no en sí de esta enfermedad, pero to­dos los que supimos de esta historia y la vivimos, lo consideramos como milagro gracias a la Vir­gen. 

Esa persona fue mi Papá y por eso, como tantos dominicanos hoy y mañana, en este centena­rio de su proclamación como Protectora de nues­tro pueblo, proclamo: ¡Viva la Virgen de La Altagracia y nuestro pue­blo dominicano a ella en­comendado… Amén.