Urge un comportamiento ético en la sociedad dominicana

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INTRODUCCIÓN

 

  1. Como pastores del pueblo de Dios en la Repú­blica Dominicana, y en oca­sión del 175 aniversario de la Independencia Nacional, compartimos nuestro habi­tual Mensaje sobre la realidad dominicana, deseando que nuestras palabras sean un aporte para el buen caminar como ciudadanos. Agra­deciendo a Dios los signos de esperanza que se generan en la sociedad, estimulamos a la ciudadanía a la toma de conciencia frente a las sombras de muerte que nos afligen, y que requieren con urgencia una transformación en el comportamiento ético de nuestra sociedad dominicana.
  2. Cuando nos referimos a un comportamiento ético, pensamos en la forma ­correcta para poder convivir en sociedad, no pensando que estamos en ‘la jungla’ donde sobrevive el más fuerte, sino por el contrario, caminando por la senda común de valores y princi­pios éticos, entendiendo lo que es bueno o no. Urge, por tanto, un cambio de actitud en cada uno de nosotros ha­cia un comportamiento que nos ilumine y provoque una transformación frente a los actos que ensombrecen nuestra sociedad.
  3. En la ética, el deber se manifiesta como la toma de conciencia de lo que debe ser, aunque aún no lo sea, pero se puede y debe llegar a ser. De aquí que la ética posea varias funciones en cuanto se valore la vida de los hombres (función morali-zadora), la humanice para vivir en sociedad (función personalizadora), nos permita tener principios para juzgar los hechos (función crítica y de denuncia), nos haga buscar lo deseable como lo mejor (función utópica), o que nuestra inteligencia juz­gue los valores como buenos y deseables (función creadora de valores). Cada una de esas funciones éticas están presentes delante de nosotros y nos están llamando.

   

  1. Comportamientos

que iluminan

nuestra sociedad.

 

  1. Buscamos poner en primer plano el comporta­miento ético, presentándolo como una necesidad y una meta a conquistar por todos los ciudadanos, instituciones públicas, privadas, filantró­picas o de caridad cristiana. La ética es universal, necesaria para todos, creyentes y no creyentes en Dios.
  2. A pesar de que nuestro país cuenta con una Direc­ción General de Ética e Inte­gridad Gubernamental (DI­GEIG), con Comisiones de Ética Pública (CEP) y una Ley de Función Pública (Ley no. 41-08), es evidente la ne­cesidad de fortalecer sus principios rectores: cortesía, decoro, discreción, discipli­na, honestidad, vocación de justicia, lealtad, probidad, pulcritud y vocación de servicio.1
  3. Según establece el artículo 78 de dicha ley: “el régimen ético y disciplinario de los servidores públicos, sin importar la naturaleza de su vínculo funcionarial, está dirigido a fomentar la eficiencia y eficacia de los servicios públicos y el sentido de pertenencia institucional, a fin de promover el cumpli­miento del bien común, el interés general y preservar la moral pública”.2
  4. Lo que se afirma del servidor público puede de­cirse de manera unívoca de toda la sociedad. En tal sentido, se espera que todos seamos ciudadanos hones­tos, insobornables, incorrup­tibles, íntegros y transparen­tes, que demos cuenta de los bienes que administramos en beneficio de otros.
  5. Recordemos los 10 principios éticos, enumerados más arriba:
  6. Honestidad. Refleja el recto proceder del individuo, con decencia y honradez, lo cual es el mejor antídoto contra la corrupción. Un ejemplo de la honestidad es, a propósito de nuestra fiesta patria, Juan Pablo Duarte. Así lo expresamos en el Mensaje de febrero de 2013: “Durante la campaña militar anotó cuidadosamente los gastos desde su salida, como eficiente contador. He aquí el paradigma de honradez, honestidad y transparencia, para todo dominicano que participe en la política pública”.3
  7. Vocación de justicia. Obliga a las personas a ­actuar con equidad, respecto de aquellas que demandan o solicitan sus servicios, sin ningún tipo de preferencias de género, religión, posición social y económica.
  8. Vocación de servicio. Se manifiesta a través de acciones de entrega diligente a las tareas asignadas e implica disposición para dar oportuna y esmerada atención a los requerimientos y trabajos encomendados. ¡Cuánto necesitamos de personas atentas, decorosas en sus puestos de labor! Que los ejerzan con la actitud de que­rer brindar un servicio público o privado de calidad, con diligencia, apertura y receptividad. Una buena actitud de servicio beneficia y estimula a los demás. Un referente universal de servicio es Jesús de Nazaret.
  9. Disciplina. Ser perso­nas irreprochables, con ca­rácter, temple, voluntad fé­rrea, entereza, seriedad, y con altura moral para afron­tar las eventualidades, y de­cidir rectamente ante nuestras responsabilidades.
  10. Probidad. Está a la base de nuestra instituciona­lidad estatal, cuyo fin es el bien común. Una democracia con servidores probos alcanza mayor grado de legitimidad y reconocimiento social. La probidad se identifica con la integridad. Necesitamos personas íntegras, honradas que muestren con su testimonio que el camino de la co­rrupción no es la mejor vía. Necesitamos jueces probos cuyos fallos reflejen la sana administración de la justicia, que sean imparciales y no determinados por sobornos.
  11. Cortesía. Comunica en el otro la sensación de agra­decimiento, a la vez, que ha­laga a uno, y enaltece al otro. El premio nobel de literatura en 1990, Octavio Paz, expresa que la cortesía “es una escuela de sensibilidad y desinterés”, que exige a la persona “cultivar su mente y sus sentidos, aprender a sentir, hablar y, en ciertos mo­mentos, a callar.”4 A la raíz de la cortesía está el amor. Quien ama es amable, no obra con rudeza, “no actúa de modo descortés, no es duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no ásperos ni rígidos”. “el amor amable ge­nera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración”.5
  12. Decoro. Implica la res­petabilidad del servidor pú­blico para sí y para con los ciudadanos que demanden algún servicio. Está muy uni­do a la dignidad que cada persona posee de forma in­nata y nos hace capaces de mejorar nuestra relación con nosotros mismos y con los demás. El reconocimiento de la dignidad humana hace posible el crecimiento co­mún y personal de todos.
  13. Discreción. Genera confianza en los demás, cultivando un elenco de valores éticos y morales, como la mo­deración o mesura, capa­ces de fundamentar el tacto correspondiente a la hora de hablar, actuar y emitir opi­niones sobre los demás. Una persona indiscreta, cuánto mal hace en la familia y en las instituciones.
  14. Lealtad. Si bien es cierto que es una manifestación permanente de fidelidad ha­cia el Estado, que se traduce en solidaridad con la institución, superiores, compañeros de labores y subordinados dentro de los límites de las leyes y de la ética, también es cierto que, es una virtud que estamos llamados a de­sarrollar internamente e invitados a tener como obli­ga­ción moral hacia las de­más personas y hacia la Patria.
  15. Pulcritud. Se refiere al manejo adecuado y transpa­rente de los bienes del Esta­do. Demandamos personas que sean pulcras y transpa­rentes en la administración de los fondos públicos y en sus obligaciones tributarias a nivel privado. Además, es necesario procurar ser pulcros en nuestros puestos de labor.

  1. Comportamientos que ensombrecen

nuestra sociedad.

 

  1. Hemos observado el curso de los acontecimientos más destacados de este último año y reiteramos la nece­sidad de que nuestra socie­dad se oriente de manera in­minente por el camino de la institucionalidad, el bien común, el respeto, la responsabilidad y el orden, reto­mando los principios éticos aprendidos o promulgados en las leyes. Nos hemos cuestionado sobre los esfuerzos realizados con la crea­ción de leyes y reglamentos para normar la vida de las diversas instituciones y personas.

A continuación, expone­mos brevemente algunas situaciones que ensombrecen nuestra sociedad dominicana.

  1. Impunidad. La falta de un régimen efectivo de consecuencias es un gris mensaje que provoca el de­sencanto social. La impuni­dad favorece la pobreza, la violencia y cualquier delito. No puede prevalecer y, por tanto, debe haber consecuencias contra aquellos que co­meten irregularidades y delitos. El aparato legal, a partir de quienes tienen respon­sa­bilidades en la persecución, el sometimiento y la toma de decisiones, no puede enfermar víctima de la ­corrupción o incompetencia de unos pocos. Aplaudimos, como siempre, una administración sana de la justicia para todos, sin distinción de personas.6
  2. Los vicios de la política. Citamos las palabras del Obispo de Roma, papa Fran­cisco, en el reciente Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, 2019: “en la política, desgraciadamente, junto a las virtudes no faltan los vicios, debido tanto a la ineptitud personal como a distorsiones en el ambiente y en las instituciones. Es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los ­sistemas en los que ella se ejercita, así como a la auto­ridad, a las decisio­nes y a las acciones de las personas que se dedican a ella”. Estos vicios, –continúa diciendo el Papa– que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción –en sus múltiples formas de apropiación indebida de bie­nes públicos o de aprove­chamiento de las personas–, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enri­quecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la ‘razón de Esta­do’, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el re­chazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio”,7 concluye el Papa.
  3. Corrupción. Somos conscientes que es un gran mal de nuestra sociedad. Un virus que permea instituciones públicas y privadas. Un lastre y veneno que nos atenaza. Una estocada mortal al corazón de la Patria que debemos prevenir. ¿Cuánta es la inequidad provocada por la corrupción, los sobornos incluso a nivel contractual y otras acciones en bus­ca de intereses particulares? ¿Cuántos son movidos por intereses espurios y apetencias particulares? Apostando para perjuicio de todos, por la deshonra y el debilitamiento de nuestras instituciones. Nos unimos a la petición del papa Francisco, pidiendo por quienes tienen un poder material, político o espiritual, para que no se dejen dominar por la corrupción8 y, como expresamos en nuestro Mensaje de 2018 “la impostergable urgencia de vivir en valores”, fomentemos el valor de la honradez, honestidad, creatividad y el trabajo constante, que dignifica a la persona humana.9
  4. Violencia. ¿Cuántos nos hemos visto afectados por ella? Por robos de una motocicleta, un celular o hasta por un parqueo, provocando muertes lamentables. Por riñas apasionadas e irracionales. Por trampas en busca de intereses particula­res. Recordamos nuestra re­ciente Carta Pastoral de 2019, al referirnos a ella como “un fenómeno multicausal”. 10 Prestemos toda atención a los altos niveles de violencia que existen a nuestro alrededor, para no convertirlos en un clima irrespirable para la sociedad.
  5. Inseguridad ciuda­dana. Producto de esa violencia es la inseguridad ciudadana, el temor de salir a la calle sin que nos asalten o quiten la vida. Enfoquemos desde la raíz el problema, para buscar soluciones conjuntas al mal que nos arropa. Continuamos preocupados por los intentos de legislar en contra del sagrado derecho a la vida desde sus orígenes. La vida, ese don supremo de Dios, es amenazada desde el mismo seno materno. Reite­ramos el respeto a la vida hu­mana en todas sus dimensio­nes, desde su concepción hasta la muerte natural tanto del hombre como de la mu­jer. Es por ello que recha­zamos toda forma de agresión a la vida: abortos, feminicidios, homicidios, suici­dios. Urge crear conciencia en la población sobre el res­peto a la mujer, a fin de disminuir el aumento incesante de feminicidios en el país.
  6. Indolencia. Un sentir popular, hoy frecuente, es el vivir de espaldas a las realidades que nos afectan e inciden en nuestro devenir. Las sombras arriba mencionadas, así como el cáncer del narco­tráfico, la trata de personas y la explotación laboral, son solo algunos casos conocidos que resuenan por mo­mentos, pero después se percibe cierta dejadez o inercia social siguiendo la co­rriente, sin esperar ni procurar un cambio. Ya lo expresamos y cuestionábamos al hablar de la apatía en nuestra Carta Pastoral del pasado 21 de enero de 2019.11

  

III. Realidades  que merecen nuestra atención

 

  1. Las elecciones del 2020: darle más participa­ción a la juventud.
  2. Con la llegada del 2019, hemos entrado en un año preelectoral donde nue­va vez viviremos las cruza­das de promesas de cambios o continuismos, con caras conocidas que provocarán la falta de dinamismo en la contienda electoral. La bue­na política promueve la participación de los jóvenes y la confianza en el otro. En la pasada Carta Pastoral de 2019 enfatizamos sobre la necesidad de tomar en cuenta a nuestros jóvenes promo­viendo su participación. Los resultados electorales de 2016 en la matrícula de la Cámara de Diputados, los jóvenes entre 25 y 34 años fueron apenas el 2.6%, los electos a alcaldías el 4.4%, y a regidurías el 9.3%.12
  3. Por otro lado, el de­sempleo juvenil ronda el 31%, mientras que el grupo de jóvenes que ni trabajan ni estudian, los ‘ninis’, era el 22.5% en 2015.13 Es necesario tomar en cuenta a nues­tros jóvenes en el campo político y en el mundo laboral, promoviendo iniciativas para el emprendedurismo,14 más aún, dándoles oportunidad para saberse valorados por todos.
  4. Nos identificamos con el pensamiento del papa Francisco cuando expresa que “la política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad huma­na, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción. La responsabilidad política constituye el desafío de proteger a los ciudadanos y crear las condiciones para un futuro digno y justo. La política, si se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de la caridad”.15
  5. El tráfico y consumo de drogas.
  6. El narcotráfico, el mi­crotráfico y el consumo de drogas es un mal que afecta a la familia provocando crisis en sus miembros, como la salud de nuestros jóvenes, y transformándose en un de­tonante que destruye todo a su paso. Las recientes situaciones en este año 2019 así lo confirman. Por consi­guiente, hacemos un llamado a las autoridades a fortalecer la lucha contra este flagelo.
  7. Acogemos las pala­bras dirigidas por el papa Francisco al exhortar: “es deber y tarea de los gobiernos abordar con valentía esta lucha contra los traficantes de muerte”. Es un deber, continúa diciendo el papa, “una mayor coordinación de las políticas antidrogas y contra la adicción, –las polí­ticas aisladas no sirven: es un problema humano, es un problema social, todo debe estar vinculado– creando re­des de solidaridad y cercanía con aquellos que están marcados por estas patologías”.16

 

  1. La inmigración.
  2. Sobre el tema migratorio, que es una realidad nacional e internacional, ya hemos hablado en abundancia, cuando escribimos sobre el mismo en el Mensaje de 2005, “Ante la creciente in­migración haitiana”.17 En ese documento estructuramos el fenómeno migratorio, tan an­tiguo como el ser humano, y detallamos su amplitud y complejidad, exponiendo sus causas, aspectos positivos y negativos, así como las consecuencias del desorden exis­tente.
  3. En el citado Mensaje afirmamos que “los criterios de acción de la Iglesia son muy distintos a los criterios del Estado en virtud de su misión específica”.18 El Esta­do está obligado a asumir sin demora y con seriedad el fortalecimiento en la aplicación de las leyes migratorias en el país, tomando muy en cuenta las irregularidades que se viven en la frontera dominico-haitiana. La iglesia fiel, a su misión pastoral dada por Cristo, se debe al ser humano en sentido general, llevando la buena nueva de la salvación.
  4. Con relación a Haití, y respondiendo a voces que vienen de fuera, asumimos el ideario de Juan Pablo Duarte donde explica que no es po­sible la fusión de las dos naciones.19 Es necesario que el mundo sea consciente de esa realidad, sobre todo las naciones que desean que no­sotros asumamos la solución de Haití. Es indiscutible la ayuda que como dominica­nos hemos dado y seguiremos dando a Haití, pero ella “reclama la solidaridad de la comunidad internacional”,20 sobre todo de las naciones ricas y poderosas, que le ayuden a salir de su situación y es necesario que Haití asuma su responsabilidad.
  5. Exhortaciones finales
  6. Estamos convencidos de que, sin un comporta­miento responsable y cohe­rente con la vivencia de los valores, será muy difícil dar continuidad al proyecto de Nación que soñaron los Pa­dres de la Patria. Entende­mos que no basta la sola de­nuncia de lo malo para llegar a cambiar las cosas. Es necesario ser propositivos y pro­activos, aportando cada cual su granito de arena, es decir, realizando de forma correcta la tarea que le corresponde en la sociedad. Para garantizar la paz social es indispensable el respeto a las instituciones públicas y privadas, ya que la institucionalidad del Estado es el corazón de la vida para salvaguardar las garantías de una democracia transparente, justa, equitativa, en igualdad de condiciones entre los ciudadanos.
  7. El país es de todos y todos somos responsables de su buena o mala marcha. Aprovechamos la ocasión para pedir a todos los estamentos de la sociedad: líde­res políticos, funcionarios públicos, empresas privadas, organizaciones no gubernamentales, profesionales organizados e iglesias, que asumamos la tarea de vivir y educar de acuerdo a la ética y con los valores de la honestidad, equidad, verdad, trabajo, responsabilidad, respeto, solidaridad, fraternidad, justicia, hospitalidad y amor a la familia. Porque no pode­mos abandonar nuestro país bajo la perversa hegemonía de antivalores, encarnados en hombres y mujeres sin principios éticos ni morales. Nuestro país merece un me­jor porvenir y su destino está en nuestras manos.
  8. Apelamos a la sensa­tez y cordura y al compromiso de toda la ciudadanía, de manera muy especial de los servidores públicos, la clase política y todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que se interesan por la buena marcha del país, para que juntos construya­mos una República Domini­cana diferente que respete el supremo valor de la vida, que sea equitativa, donde se combata la miseria con polí­ticas de inclusión de los más pobres en los proyectos de desarrollo; una sociedad ho­nesta, cordial, unida, solidaria, viviendo a plenitud los valores que sostuvieron la libertad conquistada aquel 27 de febrero de 1844.
  9. Restauremos la con­fianza, el optimismo y la esperanza de un futuro pro­misorio. Pedimos al Señor, fuente de toda sabiduría, que ilumine al pueblo dominicano y a todas sus autorida­des, en el 175 aniversario de su Inde­pendencia.

 

Les bendicen,

 

† Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez,

Arzobispo Emérito  de Santo Domingo

 

† Diómedes Espinal De León,

Obispo de Mao-Montecristi

Presidente de la Conferencia del Episcopado Dominicano

 

† Héctor Rafael Rodríguez Rodríguez, M. S. C.,

Obispo de La Vega

Vicepresidente de la Conferencia del Episcopado Dominicano

 

† Francisco Ozoria Acosta,

Arzobispo Metropolitano  de Santo Domingo,

Primado de América

 

† Freddy Antonio de Jesús Bretón Martínez,

Arzobispo Metropolitano de Santiago de los Caballeros

 

† José Dolores Grullón Estrella,

Obispo de San Juan de la Maguana

 

† Gregorio Nicanor Peña Rodríguez,

Obispo de Nuestra Señora de La Altagracia, Higüey

 

† Julio César Corniel Amaro,

Obispo de Puerto Plata

 

†Víctor Emilio Masalles Pere,

Obispo de Baní

 

†Fausto Ramón Mejía Vallejo,

Obispo de

San Francisco de Macorís

 

† Andrés Napoleón Romero Cárdenas,

Obispo de Barahona

 

† Santiago Rodríguez Rodríguez,

Obispo de San Pedro de Macorís

 

† Carlos Tomás Morel Diplán,

Obispo Auxiliar  de Santiago de los Caballeros

 

† Ramón Benito Ángeles Fernández,

Obispo Auxiliar  de Santo Domingo

Secretario General  de la Conferencia

del Episcopado Dominicano

 

† Jesús Castro Marte,

Obispo Auxiliar

de Santo Domingo

 

† Faustino Burgos Brisman, C. M.,

Obispo Auxiliar de Santo Domingo

 

† Ramón Benito De La Rosa  y Carpio,

Arzobispo Emérito de Santiago de los Caballeros

 

† Jesús María De Jesús Moya,

Obispo Emérito de San Francisco de Macorís

 

† Antonio Camilo González,

Obispo Emérito de La Vega

 

† Rafael L. Felipe Núñez,

Obispo Emérito de Barahona

 

† Valentín Reynoso Hidalgo, M. S. C.,

Obispo Auxiliar Emérito de Santiago de los Caballeros