UN HERMOSO ESCRITO  SOBRE LA CORONACIÒN CANÓNICA DE LA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA DE LA ALTAGRACIA EN 1922

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Prisionero de las cadenas impuestas por el yugo imperialista, que desde 1916 había pisoteado inconsultamente nuestro suelo, el pueblo dominicano sintió vibrar en lo más profundo la palpitación de sus profundos sentimientos espirituales y patrióticos con la magna efeméride cristiana de la Coronación Canónica de la imagen de Nuestra Señora de la Altagracia, celebrada el 15 de agosto de 1922, de la cual celebramos el próximo día 15 de agosto del presente año su primer centenario.

Prueba de lo antes expuesto, es el hecho de la cobertura que en los medios de prensa de la época se otorgó a aquel momento singular y solemne. Y cómo escritores y poetas, no sólo los que participaron en el concurso poético reseñado en la pasada entrega de esta columna, se volcaron en escritos y composiciones de altísimo valor literario y espiritual , para reseñar y destacar sus méritos.

Tal es el caso del escrito, aparecido por aquellos días en la Revista “La Cuna de América”, de la pluma del destacado intelectual Ángel Rafael Lamarche, titulado “Las Festividades de la Coronación”,  el cual, por ser tan propicio para la ocasión,  nos permitimos transcribir íntegro a continuación:

LAS FESTIVIDADES DE LA CORONACIÒN

“A su villa eglógica de Salvaleón de Higuey, a esplender de nuevo en la paz celestial del modesto Santuario que elevara la piedad y el respeto de los hombres idos, ha vuelto la… imagen de Ntra. Sra. de la Altagracia.

Entre las piedras centenarias de esta vieja urbe- Fiat de la civilización en el proceso cruento de la conquista-el sentimiento religioso del pueblo dominicano,  se desbordó ante la Virgen Pía, cuyo nombre es harto simbólico en estos momentos de agitación y angustias. Mitrados extranjeros, sacerdotes nuestros, tejieron con el grave homenaje de las liturgias…a la que gestó el más alto portento de los siglos.

Las bóvedas de la Santa Basílica, advirtieron esta vez cómo el chorro embriagador de sonidos escapados a los tubos del órgano, hacían estremecer en el ambiente, algo íntimo, misterioso, solemne!…Era que desde sus tumbas, desde esos inmensos paréntesis en los cuales la vida se detiene para mirar con ojos de eternidad el futuro, los restos augustos de los próceres-hidalgos rancios de golas y espadas, dominicanos ungidos en el frenético arrebato de los combates o en la austera senda de la virtud y el deber- musitaban una plegaria, tan honda y tan pura, que hacía más vivos los colores heráldicos de las vestiduras de Ntra. Sra. de la Altagracia!…

Sobre aquella multitud prosternada en el momento solemne de la elevación cuando las manos que consagrara la fe y los años de Monseñor Leite de Vasconcellos, sostenían en alto el pan de la vida, pasó como hálito purificador la plegaria de los muertos.

Y esa plegaria mandaba, hacía retemblar es su estrecha cárcel los corazones y en los oídos dejaba esta inflexible sentencia: solo la dignidad hace hermosa la vida y acreedores al respeto universal a los pueblos.

Vuelve a su villa, a su Santuario humilde la que fue gestora del más alto portento de los siglos, deja tras sí muchas esperanzas satisfechas, muchos dolores disipados y un gran caudal de fe; lleva consigo la plegaria de un pueblo, que espera; pero que esperando no quiere suplicar mendrugos de libertad detrás de las rejas de su prisión, si no que ha de mantenerse incólume , aguardando la hora inexorable, en que la justicia, cual el blondo transformador de Galilea, diga: Levántate y anda…

¡Que de la paz del Santuario de Higuey, nos venga la paz espiritual, que ansía el pueblo dominicano! “.