Santísima Trinidad, la danza divina

0
907

 

“Si lo comprendes, no es Dios”. La afirmación es de san Agustín. Con ella recoge muy bien la actitud con la que debemos acercarnos a la contemplación del misterio de la Santísima Trinidad. Y san Buena­ventura nos amonesta: “Cuídate de creer que puedes comprender lo incomprensible”.

Comprender me remite a la idea de abarcar algo, de “estar conte­nido”; quien comprende sabe que ha atrapado el objeto. Por eso el misterio de Dios no lo podemos comprender. Es el inabarcable. En vez de nosotros contener el misterio de Dios, éste nos envuelve. Como una nube. Precisamente una de las imágenes utilizadas por la Sagrada Escritura para hablar de la presencia de Dios.

No obstante, el ser humano, em­pujado por su natural tendencia a querer entenderlo todo, ha intentado desde la antigüedad descifrar el misterio de la Santísima Trinidad, aun sabiendo que se trata de una realidad siempre mayor, que lo desborda, que revienta las ideas y conceptos en los que se ha querido encapsularla. El mismo san Agustín se dio cuenta de que tan inmenso mar no puede ser recogido en nuestra pequeña vasija. ¿Habrá que darles la razón, enton­ces, a los que afirman que de lo que no se puede hablar más vale callar? El creyente se resiste a esta alterna­tiva; no puede dejar de pensar el misterio, de “arañarlo”, tal vez. De ahí los muchos tratados que se han elaborado sobre el asunto.

Ciertamente encontramos en la Sagrada Escritura expresiones y ­palabras que nos ponen a la puerta o por lo menos nos acercan para que aceptemos y contemplemos el misterio de la Santísima Trinidad. Recor­demos, por ejemplo, la promesa que reiteradamente hace Jesús a sus discípulos antes de su muerte, según nos lo cuenta el evangelista Juan: “El Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre”; “Yo le rogaré al Padre y Él les enviará otro Con­solador que esté siempre con uste­des, el Espíritu de la verdad”; “Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre…” Lo que no se nos dice es cómo se da esa relación de las tres divinas personas.

Si nos fijamos bien, los textos bíblicos no nos dan un discurso ni una definición de la Santísima Trini­dad. Recordemos que definir es des­lindar, levantar una alambrada que mantenga encerrada en conceptos una realidad. Esa es la imposibilidad de la que hablamos más arriba. Lo que las palabras de Jesús sí nos dejan entrever es la familiaridad con la que se refiere al Padre y al Espíritu Santo.

Para describir de qué tipo es esta familiaridad los especialistas han acuñado un término griego que re­salta la estrecha relacionalidad que se da entre las tres divinas personas: perijóresis. Esta palabra está compuesta de dos vocablos: “danzar” y “alrededor”; lo que nos da la idea de una danza donde los participantes intercambian los lugares. La relación que se da en “la casa” de las tres ­divinas personas es un baile caracterizado por el amor y la acogida in­condicional. Con razón se ha dicho que la Santísima Trinidad es la verdadera comunidad.

Eso es lo que sucede, según los entendidos, al interior de la familia trinitaria. ¿Y nosotros, qué es lo que llegamos a barruntar del misterio del Dios trinitario? Tenemos la expe­riencia de Él como Padre en cuanto fuente y origen de todo (creador); hemos recibido la revelación de Dios Hijo, hecho hombre, que asumió nuestra condición humana en la persona de Jesús de Nazaret; y lo expe­rimentamos dentro de nosotros como Espíritu que nos habita, nos impulsa, nos da vida. Es lo que expresamos en el gesto, consciente o inconsciente, de santiguarnos; en cada Eucaristía que celebramos; en cada oración que rezamos. Cuando fuimos bautizados nos “metieron” al baile con Ellos. Y cuando nuestros mayores hacían la señal de cruz sobre el pan, o antes de comer, estaban indicando que nada queda fuera del amor de Dios.