Salve callejera

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Dios te salve, reina y madre de misericordia…»

 

¡Venga gente! ¡Vecinaaa…!

 

«Vida, dulzura, esperanza nuestra…»

 

¡Cuánta yautía! Yautía coco, pipiota, yautía de huevos…

 

«Dios te salve».

 

¡Ñame, ñame! Venga por su ñame…

Amarillo o también blanco como la leche o como la tiza…

 

«A ti llamamos los desterrados hijos de Eva…»

 

¡Pero qué auyamas! De todos los sabores  y colores: auyama pintalabio… Vecina,

¡qué crema de auyama!

 

«A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas…»

 

¡Yuca, yuca! ¡Cuánta yuca! Toda yuca mocana, certificada. Vecina, compruébelo en la paila…

 

«Ea, pues, Señora, abogada nuestra;

vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos…»

 

¡Venga pueblo! Yuca sietemesina, yema de huevo… Se ablanda con solo ver el agua.

 

«Y después de este destierro muéstranos a Jesús…»

 

La guagua va saliendo. Vengan. No pierdan esta oportunidad.

 

«Fruto bendito de tu vientre. Oh clemente, oh piadosa,

oh dulce Virgen María…»

 

Vamos saliendo. ¡Aproveche, vecinaaaa!

 

No es invento mío. Me tocó rezar la salve junto a la avenida, en la hora pico, cautivo de un pequeño espacio que yo recorría de cuatro zancadas, sin poder alejarme. Un constante trajinar de motores, gente cruzando, fuerte pitido de los autos, aterra­do­res bocinazos de camiones y patanas.

Cuando empecé la sal­ve, se estacionó la guagua anunciadora, justo frente a mí, con mejor altoparlante que motor y carrocería. Como es una grabación la que resuena, no hay que esperar que al rústico locutor le dé siquiera deseos de toser… Habría algarabía para rato.

Mi oración se mezcló con las viandas: no me era fácil sostener el hilo de la hermosa oración, sin que se atravesaran las auyamas, yautías y las variedades de yuca mocana; (re­cordé que en las bodegas de Nue­va York, puede el tubérculo ser ­oriundo de Pedernales, pero no falta el letrero que dice: «Yuca mo­cana»). Y pensé mientras rezaba: un padre de familia con una humilde mascarilla, tratando de ganarse el pan. Hay que sobrevivir, aun en medio de esta pandemia…

Entonces dije: «Ea, pues, Seño­ra…». Vé en auxilio de esta pobre gente. Pero intercede también para que no olvidemos que «no solo de pan vive el hombre…».