Respetar para ser respetados

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Una de las cosas más valio­sas de respetarnos es el que facilita la armonía. Esto no es algo simple: ¿sabemos respetar el que la otra persona puede ser más o menos instruida que yo, puede ser más fuerte o menos fuerte que yo, más débil o me­nos débil que yo… sin presio­narla, dejando que evolucione a su ritmo, animándola, apoyándola? Porque el respeto no trata solo de buenas ma­neras: implica relaciones cordiales donde el centro no soy “yo”, sino “no­sotros”, diferentes y estimados en esa diferencia. Y no se trata de confianza. La confianza que no reconoce al otro en su dignidad es abuso.

Veamos qué sucede en los espacios públicos: comer y tirar el envoltorio al piso; irrespetar el semáforo o el paso de peato­nes; cruzar donde quiera o de­tener “el concho” en cualquier sitio; escuchar música a todo dar; parquear frente a una cornisa porque “está en la calle” (¡y dónde más podría estar!). Cuando mi “yo” es la medida de todas las cosas, cuando los demás no cuentan o solo cuentan si sirven a mis intereses… nos volvemos superficiales y nos desconectamos de nosotros mismos.

Esta actitud se va apo­derando de nuestra persona y va ganando terreno: nos hacemos arribistas, nos enfadamos por cual­quier cosa, usamos malos mo­dos y malas palabras, resentidos, malhumorados y violentos. Pisoteando la digni­dad de los demás, perdemos la nuestra.

Después, viene el vacío en nuestro in­terior. Perdimos nuestro camino. Así, “la vía ancha” de la que advierte Jesús en su evangelio se convierte en camino de perdición. No solo para la vida de los resucitados sino, ya: en esta. 

Nuestra gente es buena: sencilla, afable, risueña, solidaria, sensible. El afán por “hacer cuartos y ser alguien” hace per­der el placer de vivir. Hay ri­quezas que terminan siendo pobreza y esclavitud. En cambio, vivir en clave de respeto nos hace felices y nos rescata como personas. El respeto es también sello de calidad na­cional.