Del libro Vivir o el Arte de Innovar

Siempre lo supo la humanidad, y hasta el hombre primitivo lo expresó en sus costumbres de diversas maneras. Por eso acompañaba a sus muertos con alimentos y otras cosas que le sirvieran en el camino al más allá. No importa si se trataba de los faraones de Egipto o de los indios de América; tuvieron la certeza de que el proyecto no quedaba truncado por la muerte: Debía continuar. 

Por supuesto, se alzaron los sabihondos diciendo que todo esto no es más que superstición e ignorancia, así como proyección que hace el hombre de sus propias frustraciones y carencias. Y es difícil bregar con estos sabios, pues no hay peor ciego que quien no quiere ver. 

Todavía hoy nos estremece la muerte. Es conmovedor escuchar a alguien decir entre sollozos, “¡No puede ser!” O a una madre que estalla, desesperada, ante el cadáver de uno de sus jóvenes hijos… 

“No puede ser”, repite desde dentro el ser humano. ¡NO PUEDE SER! Y es que no encaja la muerte en el sublime proyecto de Dios. “Por el pecado entró la muerte en el mundo”. Entonces, ¡la muerte no estaba en el proyecto originario de su amor! 

Para subsanar de raíz ese misterio de solidaria iniquidad cargó Cristo la cruz, llegando a ser guiñapo humano, “desecho de hombres”, “ante quien se vuelve el rostro”… (Cf. Isaías 53,3). 

Fue sepultado, pero no podía retenerlo el sepulcro, pues éste es solo una estación y no el destino final. 

Esto lo presintió la humanidad, y hasta alcanzó a barruntarlo. Pero sólo el alegre estallido de la Luz, “por amorosa dignación de Dios”, nos ha puesto en la ruta de la vida cierta, inacabable, insospechadamente plena. 

¡Así tenía que ser! Hubo de suceder con Cristo, para que también sea en nosotros. 

La humanidad exulta con alegría inédita: ¡Es voluntad de Dios que la vida no muera! ¡Él quiere gozarse reinando con nosotros! 

Esto fue lo que supo la humanidad primera. Por eso ahora celebramos a Cristo, que es nuestra victoria, ¡con un gran Aleluya inmenso como el cielo!