PROPAGACIÓN DE LA FE CRISTIANA FUERA DE JERUSALÉN

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Padre Miguel Marte

En aquellos días, Pablo y Bernabé desde Perge siguieron hasta Antioquía de Pisidia; el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Muchos judíos y prosélitos practicantes se fueron con Pablo y Bernabé, que siguieron hablando con ellos, exhortándolos a ser fieles a la gracia de Dios. El sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra de Dios. Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con insultos a las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones: “Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: “Yo te haré luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra.”” Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna creyeron. La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio. Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad, y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo. (Hechos de los apóstoles 13, 14. 43-52)

Habiendo dedicado los cinco primeros capítulos del libro de Hechos de los apóstoles a la comunidad primigenia de Jerusalén, el autor irá narrando, siempre de una manera “idealizada” y “teologizada” la historia del cristianismo naciente y su expansión fuera de territorio palestino. Vale la pena recordar aquí cuál es la tesis de su escrito: “cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, recibiréis una fuerza que os hará ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). Ese es el programa que desarrollará a lo largo de su obra.

Como sabemos, la rápida expansión del cristianismo primitivo se dio gracias a la audacia de san Pablo, a quien hoy encontramos junto con Bernabé en la región de Antioquía de Pisidia. Se trata de su primer viaje misionero. Varios detalles llaman la atención, y que seguramente son indicativo de cuál era su modus operandi en el ejercicio evangelizador: detenerse en ciudades importantes, visitar la sinagoga para captar allí la atención de los judíos y los prosélitos (gentiles en proceso de conversión al judaísmo, llamados también “temerosos de Dios”), las autoridades judías se enojan y los hacen huir del lugar, abandono de dicha ciudad para llevar el mensaje a otra. La misma secuencia se repite a lo largo de las distintas travesías misioneras.

Pues bien, en el texto de hoy nos encontramos a Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia. Una ciudad muy importante. Era la principal colonia romana en el oriente griego, en lo que hoy es Turquía y que para entonces recibía el nombre de Asia Menor o Anatolia. Para la época esta ciudad tenía una abundante población judía y parece que mucha gente asistía a la sinagoga. Nos dice el texto que Pablo y Bernabé “el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento”. Parece que la comunidad judía de allí contaba con el apoyo de “mujeres distinguidas y devotas”, lo mismo que de “ciudadanos principales”.

El texto permite inferir que lo que hace enojar a los judíos no es propiamente el mensaje transmitido por Pablo, sino el hecho de que fuera capaz de conquistar gran parte de la población de Antioquía, especialmente aquellos que simpatizaban con el judaísmo (los temerosos de Dios). Dicho de manera llana: con su predicación Pablo les estaba quitando “la clientela”.

Ante la negativa de los judíos para recibir el mensaje, Pablo cita a Isaías 49,6: “Yo te haré luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra”. Con esta cita expresa la concepción que tenía de su misión… Y luego la reacción del auditorio: “Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna creyeron”. Esa simpatía podía socavar la tranquilidad con que los judíos vivían allí. Recordemos que para este tiempo “el cristianismo” es visto como una especie de secta dentro del judaísmo. Y las autoridades judías no estaban dispuesta a correr ese riesgo. Por eso hacen todo lo posible para echarlos de la ciudad.

En todo caso, en este texto de hoy encontramos la intención misionera genuinamente paulina: el mensaje tiene como destinatario principal al pueblo judío, que está llamado a ser “luz de las naciones”, aunque solo algunos lo reciban y el resto lo rechacen. Esta intención puede recogerse en una especie de eslogan: “primero al judío, pero también al griego”.