¿Orar o rezar?

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Con mucha frecuencia en conversaciones coloquiales escuchamos expresiones como: “Yo no rezo, porque eso de estar repitiendo ‘Dios te Salve María’, no está en la Biblia”, o también: “Yo no rezo porque yo le oro directamente a Dios”. Este tipo de conversaciones, son cada vez más frecuentes y me han motivado a interesarme por el tema, debido a que me resulta extraño creer que una distorsión, hecha en modo intencional o no, sobre una realidad tan delicada como el tema religio­so, podría llevar a personas incluso a alejarse de Dios, sobre la base de una interpretación no ajustada a la verdad. Por tratarse de un artículo breve, veamos el tema desde tres aspectos conclusivos: Diccionario, Biblia y Teología.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define el concepto “rezar” (del latín recitare) como la acción de “dirigir a Dios o a personas santas oraciones de contenido religioso”, al mismo tiempo, define cuáles son sus sinó­nimos: “Orar, rogar, adorar, invocar, pedir, suplicar, im­plorar” y su antónimo: “blasfemar”; mientras que define “orar” (del latín ora­re) como “dirigirse mentalmente o de palabra a una divinidad o a una persona sagrada, frecuentemente para hacerles una súplica”.

El mencionado dicciona­rio refiere el listado de sinó­nimos de orar: “Rezar, su­pli­­car, rogar, pedir, implorar, invocar”; también aquí el antónimo es “blasfemar”.

Como podemos consta­tar, en español no existe, por definición, nada que indique que orar y rezar son dos rea­lidades contrapuestas, todo lo contrario, una reclama de la otra. De hecho, “orar”, es el primer sinónimo nombrado del verbo “rezar” y “re­zar”, a su vez, es el primer sinónimo del verbo “orar”. Por lo que, desde la litera­tura, no se sostiene el argumento que establece una contraposición entre estos dos verbos.

Al echar una mirada sobre nuestro tema en la Biblia, tenemos que apelar inmediatamente a nuestros “hermanos mayores”, los judíos (Antiguo Testamen­to). Un judío puede elegir, libre e individualmente, el modo de orar que desee, sin embargo, en la Sagrada Escri­tura existen “rezos o telifá” preestablecidos, man­dados por Dios a su Pueblo, que tienen milenios de años de existencia y que, desde sus orígenes hasta el día de hoy todo judío devoto recita. De hecho, el pueblo judío, siguiendo la práctica de Daniel 6, esta­blece básicamente tres   momentos fundamentales de oraciones al día, donde se “rezan” textos tomados especialmente de la Torá (Pentateuco: 5 primeros libros de la Biblia), el Tal­mud (libro que contiene la tradición oral del Pueblo de Israel sobre la Religión, las leyes y sus comentarios) y los Salmos.

Estas oraciones reciben nombres dependiendo la función que vayan a cum­plir: Barajot: fórmula para agradecer a Dios; Bircat Hamazon: oración que se hace para agradecer la co­mida consumida; Kriat Shema: rezos para levantarse y acostarse (Dt 6,4-9; 11,13-21; Núm 15,37-41); Amidá o Shemone Esrei: rezo central de los servicios religiosos compuesto por 19 oraciones divididas en tres bendiciones, trece (13) peticiones y tres (3) plega­rias de agradecimiento a Dios.

Esta tradición la vivió y aprendió Jesús y por eso cuando sus Discípulos le piden enseñarles a orar, por­que “también Juan el Bau­tista enseñó a sus discípulos”, Jesús recurre al rezo: “Cuando oren, digan: Padre Nuestro” (Orar-recitando). Desde ese momento, Jesús nos regaló la oración más her­mosa y repetida que existe en la historia de la Salvación (Mt. 6,9-13; Lc. 11,1-4).

Como podemos ver, esta forma de oración, está presente en toda la Sagrada Escritura, resultando ser la forma más fiel para orar, no sólo porque oramos con la misma Palabra de Dios, sino porque nos recuerda de dón­de venimos: somos hijos del Dios de Israel (judaísmo), que es una religión eminentemente fiel a la Palabra. Esto es cierto a tal grado, que orar recitando la Pala­bra es ser fiel a la primera forma en cómo existió la Palabra de Dios, es decir, como tradición oral, hasta que luego se puso por escri­to. De esta forma coinciden, Palabra de Dios y oración dirigida a Dios: quien la lee y aprende, la eleva de nuevo a Dios hecha vida (Lectio Divina). De aquí parte el primer mandamiento y el más importante de todos: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Dt 6,5; Mt 22,37), por eso, vemos a los judíos especialmente en el Muro de las Lamentaciones, “re­zando”, con palabras, con la cabeza y el cuerpo, los textos bíblicos aprendidos desde la niñez.

En conclusión: rezar es la forma más recurrida del Pueblo de la Biblia (pueblo judío), porque se trata de oraciones fijas que esencialmente en su forma oral existen para ser recitadas una y otra vez, como hemos hecho notar más arriba en los textos citados, es decir, rezar o recitar repetidamente las fórmulas de las oraciones ya establecidas está, ante todo, en consonancia fiel con la tradición del Pueblo elegido y, por tanto, es fidelidad a Dios.

Teológicamente se comprende que hay diversos modos de leer la Biblia, pero existen normas, que van más allá de su interpre­tación libre e individual.

De hecho, la Iglesia afirma que “la Sagrada Escri­tura hay que leerla e interpretarla con el mismo espí­ritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados” (Dei Verbum, 12), como afirma San Gregorio Magno: “El mismo espíritu que tocó el alma del profeta, toca el alma del lector”. Por ello, una exégesis (las herramientas de acercamiento, estudio, conocimiento y compresión del texto sagrado) y su correspondiente herme­néutica (adecuada interpre­tación) teológica no puede contradecir ni distorsionar la esencia misma de la Sa­grada Escritura fundada en la Tradición.

Poner a reñir entre sí la oración mental y la oración recitada, cuya fuente ha de ser necesariamente la ­ Escri­tura, es fruto del descono­cimiento histórico de la mis­ma tradición bíblica. De hecho, los grupos religiosos que no aceptan dentro de sus normas algunas doctrinas católicas, tildan que los “católicos rezan” y “noso­tros oramos”.

En frases así o parecidas, hay una clara intención de confundir, de marcar una distancia irracional y de en­contrar una idea válida en medio de un argumento débil.

Las oraciones que propicia la Iglesia dirigidas a Dios, a Jesucristo, al Espí­ritu Santo, a la Virgen Ma­ría, a los Santos o a cual­quier otra entidad divina, tienen su modelo en las Sa­gradas Escrituras y ya sea dirigiéndose a la Santísima Trinidad o invocando la intercesión en Jesucristo, Único Salvador, tienen como meta a Dios, desde donde salimos y hacia don­de nos dirigimos durante nuestra peregrinación por este mundo.

Como podemos ver, los verbos orar y rezar, tienen el mismo significado, tanto en el diccionario como en la Biblia. Orar mentalmente o hacerlo recitando un texto bíblico, es entrar en consonancia con el querer de Dios, que nos ha hablado por su Palabra encarnada, que es una tradición viva y perenne.

Lo contrario, es alejarse, consciente o inconscientemente, del tronco vivo y eficaz de la Palabra de Dios. El que entiende que cuando lee un salmo o un texto del Evangelio no está “rezando-orando”, en verdad, no ha comprendido nada.

La Biblia no es una no­vela que se lee de cualquier modo, sino el Libro Sagrado de los judíos y de los cristianos y el simple hecho de leerla, es un modo de hacer oración. Orar con la Biblia es “recitar” la Palabra que Dios inspiró hace miles de años a su Pueblo, a sus profetas y a los autores sagrados; por eso, la Iglesia pide a sus fieles “rezar” con la Palabra y los Salmos, que es el mejor modo de conocer a Dios, aceptar su voluntad y vivir la fe. No en vano, el rezo oficial de la Iglesia Católica está fundado en la Palabra de Dios.

Por lo tan­to, orar y rezar, son palabras de uso muy frecuente, donde una refiere a la esencia y la otra a la forma. En fin, es el me­dio y el mo­do más fidedigno de unirnos espiritualmente a Dios.