Nuestra Señora de La Altagracia – Un regalo de Dios al pueblo dominicano

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CONFERENCIA DEL EPISCOPADO DOMINICANO

Carta Pastoral – 21 de enero de 2021

 

Preparación del Centenario de su Coronación Canónica

 

I.

Introducción

 

  1. Los obispos católicos de la República Dominicana que­remos en esta carta enviarles a todos los dominicanos palabras de forta­leza ante los difíciles tiempos que estamos viviendo a causa de la pandemia Covid-19, y palabras de espe­ranza, pues sentimos que fruto de una evangelización centrada en el hogar, como Iglesia Doméstica, las familias dominicanas están ahora más cerca de Dios y de nuestra que­rida protectora la Virgen de la Altagracia.
  2. Con esta carta queremos también disponernos a celebrar los 100 años de la Coronación Canónica de la Imagen de la Altagracia. Aquel 22 de enero del año 1922, fue un evento de fe impresionante. Lo que pasó en aquella semana de agosto de 1922, nos deja aun hoy asombrados de cómo el pueblo se volcó en una celebración que marcó un hito en los anales de la historia de la República Dominicana.

II

Un regalo de Dios

para el pueblo dominicano

 

  1. La imagen de Nuestra Seño­ra de la Altagracia ha sido un regalo para el pueblo dominica­no, por su manifesta­ción a través de tantos favores que por su intercesión recibimos como nación. Y nosotros le dispensamos a Ella que es la ma­dre de Dios y Madre nuestra, mucho amor y fervor, devoción y entrega, y la sentimos muy dentro de cada uno de nuestros corazones, como el más dulce regalo de Dios a los dominicanos.
  2. Hoy nos convoca Nuestra Madre Protectora en uno de los momentos más difíciles de nuestra vida cotidiana, como nación. La necesidad de su intercesión nos llama a volver a reencontrarnos con Ella para pedirle que no aparte de nosotros su protección, que no nos deje solos.
  3. Adoramos a Dios Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo.

Sólo en Jesús hay salvación eterna; a él fue asociada la Virgen Ma­ría, haciéndola colaboradora desde su “Sí” al aceptar ser la Madre del Redentor.

  1. La República Dominicana ha sido vista por Dios, Nues­tro Señor, con mucho amor, piedad, y muy en especial, con paciencia, lo cual consideramos se debe al fervor y la devoción del pueblo, que bajo cualquier circunstancia lo ama, y tiene como norte hacer el bien a sus hermanos y servirles en toda oca­sión.
  2. Nuestro país ha sido y es bendecido por Dios, y así lo creemos, por haberse plantado en nuestro suelo, por primera vez en el continente americano, la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, y por de­jarnos a María, su Madre, como Pa­trona del Pueblo Dominicano bajo la advocación de la Virgen de las Mer­cedes, y como Protectora de los do­minicanos en la Virgen de la Alta­gracia.
  3. Nuestra Señora de la Alta­gracia es todo un aconteci­miento en el pueblo dominicano. Solo el nombre de Dios es más aclamado que el de ella, la gente confía, que por su intercesión lo imposible se hace posible.
  4. La imagen de la Virgen de la Altagracia es un regalo al pueblo dominicano, a través de una jovencita, llamada “la Niña”, que centró sus aspiraciones no en los adornos que embellecen la juventud, sino en el amor y la devoción a la Madre del Cielo, que en sueño se le había dado a conocer como la “Alta­gracia”. Es constante este proceder de la Virgen María que escoge a tra­vés de la historia a personas humil­des y limpias de corazón, para iniciar en esos lugares, su devoción y amor. La joven estaba segura que su padre, un hacendado español, residente en Higüey, se la traería de su viaje a Santo Domingo.
  5. Según una antigua tradición, su padre, quien no sabía nada del nombre de la Virgen al que su hija se refería, descubrió que tampoco nadie en Santo Domin­go, ni siquiera el propio obispo, co­nocía de la advocación. El padre de la joven, apesadumbrado por no po­der llevar el regalo solicitado de su hija, de regreso a Higüey, y pernoctando en la posada del Paso de los dos Ríos, –en Hoyoncito, camino de Higüey por Hato Mayor, lugar muy apreciado hasta hoy día– no podía ocultar su tristeza, y al contar su preocupación, de repente, un hombre de edad avanzada, de barbas y tez blancas, se le acercó con un pliego en la mano y le dijo: “He aquí lo que tu hija quiere, llévaselo”. El anciano no quiso aceptar nada a cambio, porque realmente esa imagen era un regalo de Dios y de nuestra querida Madre del cielo. Cuando la hija del hacendado español vio la imagen, saltó de alegría, pues era la Virgen de su sue­ño. Según dicha tradición la familia fue comprendiendo que la Virgen quería que su imagen reposara en una capilla pública, en el lugar don­de hoy se encuentra la Iglesia de San Dionicio, en Higüey. Podemos decir que el culto a Nuestra Señora de la Altagracia entre nosotros, fue un acto evangelizador de Dios, al dar­nos por mediación de una joven, sencilla y espiritual, a su excelsa Madre María, como nuestra protectora. ¿Cómo explicar que habiendo otras imágenes de la Altagracia y de otras advocaciones en la Isla, es precisamente la del lejano Higüey la que cautivara la devoción y el amor de los dominicanos? (Cf. Nuestra Señora de la Altagracia, de Mons. Ramón Benito de la Rosa y Carpio, pág. 15). “La Altagracia de Higüey es, por tanto, una imagen marcada por algo fuera de lo común, histórica y realmente milagrosa. Es la ex­periencia de todo un pueblo” (O. Citada pág. 15-16).

 

III.

La devoción a la Virgen de la Altagracia es una verdadera y extraordinaria historia

 

  1. Es historia incuestionada que aquí, desde los años del descubrimiento de América, en los inicios del siglo XV, ya era una realidad la presencia entre nosotros de la imagen de Nuestra Señora de la Altagracia, reverenciada con gran fervor por los habitantes de esta Isla.
  2. La verdadera importancia histórica no es saber cuándo llegó y quien pintó el cuadro que está en la Basílica de Higüey, sino en ver la historia de un pueblo que ama y rinde devoción a la Virgen de la Altagracia, y ha visto el poder in­tercesor de esa Madre desde Higüey. El amor a esa Madre alimenta su fe y le da el aliciente de sentir la pre­sencia de Dios en sus vidas, en sus familias y en la vida de nuestro pue­blo.
  3. La verdad que nadie pue­de refutar es que, de la Vir­gen de la Altagracia existe una imagen que por siglos se ha mantenido en el Santuario en Higüey, venerada por los dominicanos, que su corona­ción canónica fue el 15 de agosto del año 1922 en Santo Domingo, y que fue recibida por una multitud impresionante que la celebró durante una semana y le rindió todos los honores de una forma apoteósica.
  4. Es historia real que miles de las imágenes reproducidas de la Virgen de la Altagracia es­tán expuestas en casi todas las casas, parroquias y capillas de toda la geo­grafía de nuestra república, reverenciadas por cientos de personas en cada comunidad, porque son millo­nes los dominicanos, dentro y fuera del país, devotos de la Virgen de la Altagracia, como también podemos contar por millares los devotos del pueblo de Haití, que con nosotros formaban la Española cuando inició esta devoción. Todos tienen la plena seguridad de que pueden contar con la intercesión de su protectora en los momentos difíciles de sus vidas.
  5. Hasta el año 1969 tenía­mos sólo cuatro parroquias dedicadas a la Altagracia: El Santua­rio en Higüey, el Templo Nuestra Señora de la Altagracia de la zona colonial, el Santuario de la Altagra­cia en Santiago de los Caballeros y el templo en Loma de Cabrera, Pro­vincia Dajabón. (Mons. Antonio Ca­milo González, El Marco Histórico de la Pastoral Dominicana, a los 300 años de la Parroquia de Baní, páginas 179 a 182), y hoy tenemos más de 30 templos parroquiales, que llevan el nombre de la Altagracia, lo cual representa un desarrollo más que inusitado, en comparación con la cantidad de templos con otras ad­vocaciones de María Virgen o de santas y santos de la Iglesia.
  6. Para honrar a la Virgen de La Altagracia existían dos conmemoraciones: la del 15 de agosto y la del 21 de enero. La fecha de celebración de la Virgen fue siempre la del día 15 de agosto, que también es la festividad de la Asun­ción de María al cielo. El 21 de ene­ro es la fecha de la gran fiesta ofrecida por los higüeyanos al volver sa­nos y salvos de la Batalla de la Li­monade, convirtiéndose así en una gran corriente popular de devoción a la Virgen de la Altagracia en todo el país; y bajo el gobierno de Horacio Vásquez, siendo Arzobispo Mons. Alejandro Nouel, fue declarado el día 21 de enero, día de fiesta nacio­nal y religiosa en todo el territorio de la República Dominicana.

 

IV.

María de la Altagracia

modelo de discípula misionera

e intercesora a favor de sus hijos:

 

  1. En la imagen de la Virgen de la Altagracia se refleja el rostro de una mujer discípula del Señor: Sus manos recogidas en actitud de adoración, sus ojos fijos en su Hijo, en el Verbo Encarnado, nos hablan de una discípula del Señor, que centró toda su vida en ese hijo, y se dedicó a guardar en su corazón sus palabras. El seguimiento de Jesús, luz del mundo, produce luz en sus seguidores. Todo lo que está cerca de Jesús está iluminado: María, San José, las estrellas, la co­lumna del templo; así como todo lo que está lejos de Jesús y de María queda en la oscuridad. El centro de su vida es Jesús.
  2. María, la mujer por excelencia, es la interlocutora del Padre en su proyecto de enviar su Verbo al mundo para la salvación humana; poner su fe, llega a ser el primer miembro de la comunidad de los creyentes en Cristo; por su obediencia a la voluntad de Dios, y por su constante meditación de la Pala­bra y de las acciones de Jesús, es la discípula más perfecta del Señor (Cfr. Documento de Aparecida 266).
  3. Ella conservaba todos estos recuerdos y los medi­taba en su corazón (Cf. Lc 2, 19; cf. 2, 51), para enseñarnos el primado de la escucha de la Palabra en la vida del discípulo misionero. “La Palabra de Dios se encuentra en su casa, de donde sale y entra con natu­ralidad. Ella habla y piensa con la Palabra de Dios… y su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se revela que sus pensamientos están en sintonía con los pensamientos de Dios, que su querer es un querer junto con Dios. Estando íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, Ella pue­de llegar a ser madre de la Palabra encarnada” (DA 271).

 

  1. Al centrar todo su ser y su vida en Jesús, nos está se­ñalando el camino de la evangeliza­ción. Su misión fue “única en la historia de salvación, concibiendo, educando y acompañando a su hijo hasta su sacrificio definitivo. Desde la cruz, Jesucristo confió a sus discí­pulos, representados por Juan, el don de la maternidad de María, que brota directamente de la hora pascual de Cristo: “Y desde aquel mo­mento el discípulo la recibió como suya” (Jn 19, 27). Perseverando jun­to a los apóstoles a la espera del Espíritu (cf. Hch 1, 13-14), cooperó con el nacimiento de la Iglesia mi­sionera, imprimiéndole un sello ma­riano que la identifica hondamente” (DA 267).
  2. “Como en la familia hu­mana, la Iglesia-familia se genera en torno a una madre, quien confiere “alma” y ternura a la convi­vencia familiar. María, Madre de la Iglesia, además de modelo y paradigma de humanidad, es artífice de comunión. Uno de los eventos fundamentales de la Iglesia es cuando el “Sí” brotó de María… Por eso la Iglesia, como la Virgen María, es madre. Esta visión mariana de la Iglesia es el mejor remedio para una Iglesia meramente funcional o burocrática” (DA 268). Ella atrae multitudes a la comunión con Jesús y su Iglesia, como experimentamos todos en el Santuario de Nuestra Señora de la Altagracia de Higüey.
  3. Nuestra Madre Santísi­ma, la misionera, va con San José a dar a luz a Belén, para que se cumplan las profecías, que el Mesías debía nacer en Belén, la ­tierra del Rey David su antepasado. Del pesebre donde nace el Niño es llevado al templo. La Estrella de los reyes viene de Oriente, queriéndo­nos indicar que el misionero congrega en torno a sí a todos los pueblos del mundo entero, porque ese niño viene de parte de Dios como sacramento de unidad entre todos los pue­blos.
  4. “María es la gran misio­nera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Ella, así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América” (DA 269). Desde que la Virgen está en su casa en Higüey, son incontables las personas que han encontrado en ella la inspiración más cercana para aprender cómo ser discípulos misio­neros de Jesús. Ella ha caminado con nosotros haciéndose parte de nuestra historia, volviéndose una dominicana más. Sentimos la pre­sencia cercana de María a la gente y, al mismo tiempo, manifestamos la fe y la confianza que sentimos por ella. Ella nos pertenece y nosotros la sentimos como madre y hermana.
  5. María de la Altagracia, al poner los ojos en Jesús los pone en todos sus hijos e hijas, en sus necesidades. Como en Caná de Galilea, María ayuda a mantener vivas las actitudes de atención, de servicio, de entrega y de gratuidad que deben distinguir a los discípulos de su Hijo; Ella educa con un estilo de vida compartida y solidaria, en fraternidad, en atención y acogida del otro, especialmente si es pobre o necesitado, y nos indica que la Igle­sia es madre acogedora, escuela de comunión, apta para la misión, y nos enseña a salir de nosotros mismos y a ponernos en el camino del sacrificio, del amor y del servicio, como lo hizo en la visitación a su prima Isa­bel.
  6. No existe fórmula para pagar tantos favores, tantos esmeros de la Virgen que se ha mantenido siempre a nuestro favor, como madre abnegada. ¿Cómo po­demos mostrar nuestro agradeci­miento? Reconozcamos que los bie­nes materiales no nos dan la gloria final que es el cielo, aprendamos a desprendernos de un poco para ayudar a otros con más necesidades, seamos con María, bondadosos, amantes del bien, solidarios con los demás, abogados para defender al desvalido, y protectores de los más sufridos, devolviendo con sentido de gratitud, todos los beneficios recibi­dos. Seamos más fervorosos en la oración y más fieles a Iglesia. Parti­cipemos en la liturgia y trabajemos por aumentar la fe, que nos acerca cada vez más a Dios; y cumplamos lo que la Virgen nos pide: “Hagan lo que él les diga” (Jn 2, 5).

 

V.

Celebremos los 100 años

de la coronación canónica de la Virgen de la Altagracia.

Año centenario:

15 de agosto del 2021

al 15 agosto 2022

 

  1. Que en la celebración de este centenario, Iglesia y Pueblo, confirmemos el pacto del reencuentro con la Virgen de la Altagracia, porque es tiempo perfecto para dinamizar la fe de todos los dominicanos por medio del amor y el fervor a la Madre de Dios y Ma­dre nuestra y lograr así una fuerte convivencia nacional.
  2. Ponemos en sus manos protectoras a todo el Pue­blo Dominicano, a sus autoridades, y a los responsables de la salud y del orden público; que el Señor nos ilumine a todos y nos guíe en estos mo­mentos difíciles. Que la Virgen de la Altagracia interceda por todos los enfermos del Covid-19, por los más vulnerables ante esta pandemia, por los que se sienten deprimidos, por los que han perdido el trabajo con el que mantenían su hogar, por los que cada día salen a buscar el sustento de su familia, y que también interceda por todos los inconscientes que no les importa ni la salud de los demás, ni el orden en la sociedad.
  3. Como María “acojamos y vivamos el Reino de Dios en permanente conversión”. (Lema de nuestro Plan de Pastoral para este año 2021). Ella acogió el Reino de Dios, aceptando su voluntad; asu­mió la misión de ser Madre de su Hijo, manteniendo y cuidando su embarazo a pesar de las críticas y del peligro que corría su propia vida. Ella es modelo y sostén de todos los que, por cumplir los principios del Evangelio, arriesgan sus vidas. Ella vivió los valores del Reino de Dios en la familia, siendo una estrella ejemplar que guía también las nuestras hacia la plena salvación. Como ella, vivamos la alegría, la acogida, la confianza, y no le tengamos mie­do al sacrificio. Prometamos amar nuestra patria porque todos los que la habitamos somos sus hijos, y ella es la Reina Protectora de todos los dominicanos, y en especial de los más desprotegidos. Luchemos por combatir el mal a fuerza de bien.
  4. En nombre de Jesús y de nuestra Madre la Virgen de la Altagracia, bendecimos al pue­blo dominicano, deseándoles que todos gocemos de su protección.

 

Les bendicen,

 

† Nicolás de Jesús Cardenal

López Rodríguez

Arzobispo Emérito de Santo Domingo

 

† Freddy Antonio de Jesús

Bretón Martínez

Arzobispo Metropolitano

de Santiago de los Caballeros

Presidente de la Conferencia del Episcopado Dominicano

 

† Héctor Rafael Rodríguez Rodríguez, M.S.C.

Obispo de La Vega

Vicepresidente de la

Conferencia del Episcopado Dominicano

† Francisco Ozoria Acosta

Arzobispo Metropolitano

de Santo Domingo,

Primado de América

 

† Diómedes Espinal De León

Obispo de Mao-Montecristi

 

† Julio César Corniel Amaro

Obispo de Puerto Plata

 

† Víctor Emilio Masalles Pere

Obispo de Baní

 

† Fausto Ramón Mejía Vallejo

Obispo de San Francisco de Macorís

 

† Andrés Napoleón Romero Cárdenas

Obispo de Barahona

 

† Santiago Rodríguez Rodríguez

Obispo de San Pedro de Macorís

 

† Jesús Castro Marte

Obispo de Nuestra Señora

de La Altagracia, Higüey

 

† Tomás Alejo Concepción

Obispo de San Juan de la Maguana

 

† Carlos Tomás Morel Diplán

Obispo Auxiliar

de Santiago de los Caballeros

 

† Ramón Benito Ángeles Fernández

Obispo Auxiliar de Santo Domingo

 

† Faustino Burgos Brisman, C.M.

Obispo Auxiliar de Santo Domingo

Secretario General de la

Conferencia del Episcopado Dominicano

 

 

† José Amable Durán Tineo

Obispo Auxiliar de Santo Domingo

 

† Ramón Benito De La Rosa y Carpio

Arzobispo emérito

de Santiago de los Caballeros

 

† Jesús María De Jesús Moya

Obispo emérito

de San Francisco de Macorís

 

† José Dolores Grullón Estrella

Obispo emérito

de San Juan de la Maguana

 

† Antonio Camilo González

Obispo emérito de La Vega

 

† Gregorio Nicanor Peña Rodríguez

Obispo emérito de Nuestra Señora

de La Altagracia, Higüey

 

† Rafael L. Felipe Núñez

Obispo emérito de Barahona

 

† Valentín Reynoso Hidalgo, M.S.C.

Obispo Auxiliar emérito

de Santiago de los Caballeros