No hay que entrar en pánico

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El Maestro es contundente cuando dice: “Miren que nadie los engañe

La belleza del templo de Jerusalén producía un golpe de vista sensacional a los que deslizaban su mirada hacia él. Los discípulos de Jesús no son la excepción. Lo contemplan a una cierta distancia y quedan asombrados por la armonía del conjunto. El Maestro aprovecha la ocasión para pronunciar una frase lapidaria, digna de ser tallada en las piedras del mismo templo: “Esto que contemplan, llegarán días que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida”. Aunque si la hubiera grabado allí tal vez hubiese desaparecido cuando su premonición se cumplió.

Esas palabras de Jesús forman parte del llamado “discurso escatológico” (so­bre las realidades últimas) que nos traen los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). En esta ocasión leemos la versión lucana. Es un discurso elaborado con lenguaje claramente apoca­líptico. Lo propio de este género literario es el uso de imágenes estremecedoras que intentan transportarnos al final de una era y al comienzo de otra.

Todo lo anterior (caracterizado por la presencia del mal en la historia humana) es desplazado por un nuevo tiempo, donde el mal queda­rá desterrado de la vida de los hombres. La imagen más elocuente para hablar de ese cambio es la de la nueva Jerusalén. No por casualidad el último libro de la Biblia, cuyo nombre es precisamente Apocalipsis, termina describiendo esa nueva ciudad como una nueva creación más espectacular que la primera.

Fiel al género apocalíptico, el discurso de Jesús que este domingo leemos resalta algunos signos que caracte­rizarán el final de los tiempos: destrucción del majestuoso Templo de Jerusalén, guerras entre los pueblos, hambres y pestes; además de “fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo”.

En realidad, con estas señales Jesús no está diciendo nada nuevo. Todo eso lo ha habido antes de que él lo dijera. Ya un primer templo de Jerusalén había sido destruido; guerras, hambres y pestes han estado siempre presentes a lo largo de la historia humana; fenómenos astrológicos ya habían llamado la atención de los hombres. De modo que Jesús no está adivinando lo que va a pasar, simplemente está haciendo una lectura de lo que siempre ha ocurrido en este mundo. Su voz de alerta y exhortación se ­orientan en otro sentido.

En primer lugar, alerta a sus discípulos sobre los falsos mesías, aquellos que se nos quieren vender como los “salvadores de la pa­tria”. El Maestro es contundente cuando dice: “Miren que nadie los engañe. Por­que muchos vendrán en mi nombre diciendo: ‘Yo soy’, o bien: ‘Está llegando el tiempo”; no vayan tras ellos”. Fíjate, amigo lector, en el ‘Yo soy’ con mayúsculas que aparece en el texto. Se trata del nombre con que Dios se identificó en el Antiguo Testamento. Todo aquel que nos viene con propuestas mesiánicas, presentándose como el Sal­vador, pretende usurpar el puesto de Dios.

En segundo lugar, con sus palabras, Jesús quiere animar a sus discípulos a que no entren en pánico cuando ocurran cualquiera de los fenómenos antes señalados: “Cuando oigan noticias de guerras y de revoluciones, no tengan pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida.” No de­ben entrar en pánico porque esas cosas siempre han ocurrido –y ocurrirán- antes que la creación llegue a su plenitud. Y la fecha de esa consumación nadie la puede determinar. Todos los que han intentado fijarla hasta hoy han quedado defrau­dados.

Finalmente, con sus pala­bras, Jesucristo busca alentar la perseverancia de los suyos, tal como aparece in­dicado al final del texto: “ni un cabello de su cabeza perecerá; con su perseverancia salvarán sus almas”. Todo el mensaje de Jesús recogido en su discurso apo­calíptico lo podemos sintetizar de la siguiente manera: 1) Siempre ha habido y ha­brá acontecimientos catas­tróficos; 2) cuando estos ocurran aparecerán algunos “vendiéndosenos” como mesías; 3) no les hagan caso; 4) manténganse perseverantes en su comporta­miento y en su fe; 5) su tenaz perseverancia será correspondida por Dios… No hay que entrar en pánico.