Se agita la criba y queda el desecho, así el desperdicio del hombre cuando es examinado. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en su razonar. El fruto muestra el cultivo de un árbol, la palabra, la mentalidad del hombre. No alabes a nadie antes de que razone, porque esa es la prueba del hombre. (Eclesiástico 27, 4-7)

Una vez más un breve texto del libro del Eclesiástico. Ya sabemos que este libro forma parte de los llamados “libros sapienciales”, una colección que recoge la sabiduría de Israel. En ellos lo sapiencial aparece envuelto bajo una doble capa: el discurso racional del “sentido común” y la palabra poética. Bajo ese ropaje se nos ofrece un caudal de sabiduría que brota de la experiencia. Sentido común y expresión poética es lo que encontramos en las tres líneas que dan entrada a esta página.

El sabio bíblico es un observador detenido de la realidad.  Observa la naturaleza y la vida para ser consciente de su funcionamiento y ajustarse al mismo. Ambas –la naturaleza y la vida- son fuente de revelación y taller de sabiduría. Quien se ajusta al dinamismo de estas dos realidades es considerado sabio; el que no lo hace es llamado necio. La teología que subyace a estos libros no busca explicar la vida, sino dar instrucciones al hombre para que asuma la vida de acuerdo a la voluntad de Dios.

Las cuatro sentencias que componen el texto que aparece más arriba, y que se nos ofrece como primera lectura de este domingo, muestran nítidamente el género sapiencial, un género que se caracteriza por ser reflexivo, exhortativo y pedagógico. Con su forma de escribir los autores sapienciales buscan educar desde el corazón y guiar en la vida. Se distancian claramente de los narradores (libros históricos), los profetas (libros proféticos) y orantes (salmos). Todos estos son intérpretes de la historia y buscan situar la acción de Dios dentro de la historia del pueblo escogido. El autor sapiencial, por su parte, es un intérprete de la vida cotidiana y del comportamiento del hombre. Fijémonos en el texto de este día: se habla “del hombre cuando es examinado”, “el hombre se prueba en su razonar”, “la mentalidad del hombre”, “la prueba del hombre”. Al autor le interesa el hombre, su vida y su comportamiento.

Las cuatro afirmaciones que conforman el texto son como cuatro proverbios, refranes, aforismos o máximas. Son expresiones tan gráficas que impactan inmediatamente al lector. Filosofía expresa en comprimidos. Especie de cápsulas sapienciales. Hablan de la criba que se agita, el horno que prueba la vasija, el fruto del árbol, ¡imágenes tan gráficas, de amplio sentido común y fuerte realismo! Todas ellas para comparar al hombre y su comportamiento. ¡Cuánta verdad dicha en tan pocas palabras! Su brevedad y “grafía” recogen una densidad de contenido comparable a cualquier discurso antropológico. Notemos, además, que no son mandamientos. Su estilo sugerente hace que el lector se sienta interpelado, nunca mandado, sino movido desde dentro.  De ahí su alto nivel pedagógico (educativo). Estos y todos los proverbios que aparecen en la Biblia buscan educarnos en sentimientos, valores y actitudes.

Por lo dicho hasta aquí, el lector habrá caído en la cuenta que los libros sapienciales hablan más del hombre que de Dios. Les interesa la vida cotidiana del hombre. Salvo algunas excepciones, estos libros tampoco abordan los grandes temas teológicos del Antiguo Testamento (éxodo, desierto, tierra prometida, patriarcas, alianza, reyes, profetas…). Es como si no les interesara la historia del pueblo, sino el hombre concreto y su problemática. Eso sí, contienen valores válidos para los hombres de todos los tiempos.

El gran lema de los libros sapienciales podría ser este: “¡Acierta en la vida!”. Estos libros intentan promover comportamientos y actitudes que favorezcan la vida como bien supremo. Lo sabio y lo bueno es lo que la pone en primer lugar; lo necio y malo, lo que la daña o amenaza. Con razón se han venido a llamar también “libros didácticos”.