Murió de miedo porque se negó a la vida

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La liturgia de este domingo nos propone como Evan­gelio la conocidísima parábola de los talentos. Doy por hecho que todos conocemos la historia. Detalles que llaman la atención: los talentos se reparten a cada uno según su capacidad; ninguno de los tres criados sabe cuándo re­gresará el señor que le ha confiado sus bienes, por eso deben mantenerse vigilantes y activos; los primeros dos muestran una actitud diligente y emprendedora, mientras que el tercero aparece (y así es catalogado por el amo) como negligente y holgazán, por eso a aquellos se les da la misma recompensa (entrar en la fiesta del señor), mientras que al último se le quita su talento.

Si bien es cierto que los dos primeros doblan con su ganancia los talentos recibi­dos, del tercero se esperaría que “algo” hubiera hecho con el suyo. Pero no, tuvo miedo y lo escondió. Estamos, en­tonces, ante un relato que re­salta el tema de la responsa­bilidad humana en la gestión de la propia vida.

El problema del tercer empelado es que se dejó ­paralizar por el miedo. No fue capaz de poner a producir lo recibido. Falló en la admi­nistración del talento reci­bido. Fijémonos que lo que importa no es la cantidad de talentos recibidos, puesto que a cada uno se le dio según su capacidad; lo que realmente interesa al amo es el modo como cada uno de los servidores hizo uso de lo que se puso en sus manos. En nin­gún momento el amo espera que los criados den lo que no están en capacidad de dar, por eso valora no la cantidad producida, sino el esfuerzo de cada uno. El rechazo del tercero se debe a que enterró su talento por negligencia y holgazanería. Su castigo se debe a que no intentó hacer nada. No utilizó su talento ni si­quiera para ofender a Dios.

Esta parábola nos exige una doble mirada: la primera dirigida hacia el interior de nosotros mismos para descubrir los talentos recibidos, para conocer las capacidades puestas en nosotros por el amo, para ser conscientes de la fuerza creadora que nos habita. La otra mirada debe ser dirigida hacia el exterior para descubrir las posibilidades de negociación que las circunstancias nos presentan. La ausencia de esta doble mi­rada impediría ponernos en camino. En eso consiste el miedo del que nos habla el relato. Un miedo tan espantoso que hace que el indivi­duo se entierre a sí mismo.

Me viene a la mente la ex­presión “miedo aterrador”, aquel miedo que despierta en nosotros el deseo de que la tierra nos trague. Fue lo que pasó con el tercer empleado de la parábola: “tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra”. Murió de miedo por­que se negó a la vida.

Ya sabemos que el miedo es lo contrario de la fe. El último siervo, a quien el relato le dedica más espacio, no se tuvo fe a sí mismo ni tampoco tuvo fe en su señor. O más bien, la imagen que tiene de su amo hace que le tenga miedo, lo cual afecta la con­fianza en sí mismo. Es un hombre que vive en el miedo, por eso termina aplastado por ese mismo miedo. Donde no hay confianza tampoco pue­den brotar las plantas de las que cuelgan los frutos.

Por todo lo dicho, debemos evitar pensar que la parábola nos habla de rendi­miento, como a veces piensan algunos. En realidad, el relato enfatiza la confianza y el miedo. No hay negocio sin riesgo, por eso siempre debe ser el motor que dé impulso a cualquier emprendimiento. El miedo a perder hace que lo pierda todo, incluso hasta la propia vida. Terminó enterrado con su talento.