Monseñor Disla

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De Monseñor Vini­cio Disla recibí mi primera comunión y muchas cosas, como desde su apoyo en mi vida vocacional y organización de mi ordenación, hasta sus sabios consejos y áni­mo, en muchas charlas privadas que ­llegamos a tener, por circunstancias parti­culares de la vida y por amistad, pero por encima de todo, recibí el testimonio de un hombre fiel a su vo­ca­ción sacerdotal, amante de la Iglesia, hombre de una gran bondad y desprendi­miento, con una gran capacidad de escucha, pero sobre todo capaz de respetar y aceptar la individualidad de cada uno.

Sé que la mayoría de personas le recordará por el ejercicio en su vida sacerdotal del gran don de la pa­labra, acompañado de su musical voz que Dios le dio, los cuales hizo patente a través del programa maña­nero de Radio Amis­tad: “El Despertar del Cristiano”, y su pre­sencia animadora en las celebraciones multitudinarias, ordenaciones y otros eventos litúrgicos so­lemnes de la Arqui­diócesis de Santiago, y alguno que otro nacional, como las veces que el Papa San Juan Pablo II visitó nuestro país. Sus dotes de sacerdote animador y de hombre del micrófono capaz de entrar en armonía con el pú­blico presente se hizo sentir, y siempre re­cordaremos.

Pero también está el escritor. Recuerdo que desde mi niñez veía sus artículos en la Revista Amigo del Hogar, que en los años 70 era el único medio católico de di­fusión en ese enton­ces. Ahí narraba sus experiencias como sacerdote en la distante y lejana parroquia de Gaspar Her­nández, acompañado a pie de página dicho artículo con una foto de Monseñor Disla a lomo de mulo.

Luego, sus años dirigiendo y haciendo posible el Semanario Camino, donde pode­mos decir que lo consolidó como el vocero semanal del pensa­miento y quehacer de la Iglesia católica en la República Domi­nicana, pues era un hombre que sabía escribir, y lo hacía muy bien, ya que no solo se servía de la inteligencia que Dios le regaló, sino también de la lectura, pues era un asiduo lector de la actualidad más prolija en su mo­mento.

Y qué decir del Vinicio músico, compositor y artista. Hay muchas piezas católicas en el cancionero litúrgico dominicano que son de su autoría: el clásico canto vocacional que habla de la vocación de Jeremías, cantos de navidad, el himno de la PUCMM y otros, obedecen a la creatividad artística que en su vida le acompañó y de la cual nos hizo partícipes.

Pero creo que la cualidad más fuerte de su vida, por la cual todos le recordaremos más, es por su calidad humana de apertura y acogida del otro, no importando status social, físico, moral e intelectual de la persona. Siempre fue puerta abierta para los demás, para escuchar y ayudar hasta donde fuese posible, algo que se hizo muy patente en sus años de trabajo en el Semina­rio, donde el apoyo y acogida a aquellos jóvenes rayaba en lo paternal, a tal punto que la mayoría que pasó por sus manos le pusieron el sobre­nombre, que dice mu­cho de este aspecto humano y espiritual, de “El Viejo”; aunque tenían años que algu­nos habían salido, ya sea como sacerdote o a ejercer en otra área en la vida, siempre le buscaban en cualquier situación, pues el mis­mo sentido de acogida y cariño humano se hacía presente.

Monseñor Disla se nos fue en este tiempo de coronavirus, su ve­lorio pudo haber sido uno de los más gran­des dados en Santia­go, pero así no fue, ha sido silencioso y tranquilo, como deben ser y son las cosas del Señor, porque lo im­portante es lo que nos deja, su ejemplo de entrega y fidelidad a la Iglesia, la amistad que nos dispensó y su testimonio del siervo fiel y trabajador que supo hacer la voluntad de su Señor.