La Tristeza de Dios

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Parecería extraño interpretar a Dios desde los sentimientos humanos, sin embargo, la Biblia lo presenta frecuentemente partiendo de dichos sentimientos; con ello el escritor sagrado no busca explicar a Dios, sino poner a nuestro alcance la comprensión del su ser y obrar. En ese sentido, las Sagradas Escrituras nos presentan desde diferentes aspectos el tema de la tristeza. Surge una pregunta obligatoria: ¿Cómo imaginarnos a un Dios Omnipotente, Todopoderoso, Invisible, que todo lo crea y lo ordena y, a la vez, un Dios triste?

Encontramos en la Biblia más de 20 textos que se refieren al sentimiento de tristeza. En su gran mayoría hacen alusión a la tristeza de los hombres, su causa y su efecto. En este sentido, la tristeza es el sentimiento provocado por el pecado (Sal 90,20) y que produce la sensación de que Dios ha abandonado al hombre (Sal 13,2); pero a su vez, el pecado induce al dolor (Sal 32,10). Job (1-3) nos enseña que no se siente tristeza solo por los pecados personales, sino también por un mundo pecador.

Aunque no son muchos los textos que nos hablan de la tristeza que padeció Jesús, él es el prototipo de la persona que vive en carne propia el dolor y los sufrimientos, como ya lo había profetizado Isaías (53,3). Tres de los evangelistas nos narran episodios de tristeza de Jesús en contextos diferentes: Juan nos lo presenta llorando a su amigo Lázaro (Jn 11,38-44), Lucas nos cuenta que Jesús lloró por la ciudad de Jerusalén (23,41) y Mateo pone en boca del mismo Jesús el sentimiento más profundo que lo embargaba la noche de su apresamiento en el Monte de los Olivos: “Y tomando consigo a Pedro y a los hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: ´Mi alma está triste hasta el punto de morir…´” (Mt 26,37-38).

La Carta a los Hebreos, afirma que Jesús “sufriendo aprendió a obedecer” (Heb 5,8), por lo tanto, someter su vida a la voluntad de su Padre no representó una tarea fácil para él: “Padre, si quieres aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt 26,42). A partir de esta experiencia de Jesús es que San Pablo saca la conclusión de que Dios utiliza la tristeza, el dolor y las adversidades para hacernos crecer en la fe y asemejarnos a Cristo (Rom 5,3-5). “Vengan a mí todos los que estén cansados y agobiados y yo los aliviaré” (Mt 11,28-30).

La tristeza, los cansancios y las fatigas de los hombres, es la tristeza, el cansancio y la fatiga de Dios, porque solo Jesús sabe convertir las más grandes tristezas en gozo (Jn 16,20), ya que hemos sido creados “a imagen y semejanza” de Dios (Gén 1,26).

San Pablo incluso va más allá: “Si les entristecí con mi carta, no me pesa. Y si me pesó – pues veo que aquella carta les entristeció, aunque no fuera más que por un momento, ahora me alegro. No por haberles entristecido, sino porque aquella tristeza les movió al arrepentimiento. Pues se entristecieron según Dios, de manera que de nuestra parte no han sufrido perjuicio alguno. En efecto, la tristeza según Dios produce firme arrepentimiento para la salvación; mas la tristeza del mundo produce la muerte. Miren qué ha producido entre ustedes esa tristeza según Dios: ¡qué interés y qué disculpas, qué enojo, qué temor, qué añoranza, qué celo, qué castigo! En todo han mostrado que eran inocentes en este asunto (2Cor 7,8-11).

El mundo está pasando posiblemente por la mayor crisis global de todos los tiempos o, al menos, de los tiempos modernos. Y esta crisis que empezó como una emergencia sanitaria, ya ha tocado cada aspecto de la vida y del mundo. Nada ni nadie se ha librado, directa o indirectamente, de este virus y sus efectos.

Hoy la humanidad está triste, existe una gran desolación. Los Medios de Comunicación nos reportan muerte y desaliento. Sale a relucir el cansancio del personal médico y de los equipos de servicios y apoyo, las debilidades de los Sistemas de Salud. Tampoco pueden faltar aquellos que sonríen, que trabajan y se esfuerzan por mostrar la mejor cara de la moneda; los héroes anónimos, que dan vida con sus vidas, al estilo de Jesús; los que llenan de alegría y buena noticia las calles, las pantallas de nuestros celulares, las salas de los hospitales, los hogares con precariedad; no pueden ser olvidadas las personas que no han perdido, a pesar del desaliento y las escenas tristes, su sonrisa y el brillo de sus ojos.

Dios está triste. Sí, Dios sufre porque estamos en un tiempo muy especial: ya llega la Semana Santa y los templos están vacíos. Se celebrarán los ritos, pero sin pueblo y, la conmemoración de la cuarentena de Jesús en el Desierto, se transformó en cuarentena de salud, en Cuaresma de vida y no de muerte. Jesús lo había dicho: “Yo soy la Resurrección y la Vida” (Jn 11,25)

¿Cuál es tu mensaje, Señor? Tal vez sea ese mismo: un encierro para que miremos no sólo hacia dentro de nuestras casas, sino de nuestros corazones; por eso, abre nuestros oídos, nuestros ojos, nuestros corazones para comprenderte. ¿Será que tú nos has hablado tanto y te hemos escuchado tan poco, que necesitábamos de este “encierro”, físico y espiritual, para escuchar tu voz en nuestro interior? (Lc 1, 26). ¡Quién lo diría! Entonces también yo me pregunto: “¿Quién ha pesado en la balanza los montes y en la báscula las colinas? ¿Quién ha medido el aliento del Señor? ¿Quién le ha sugerido su proyecto?” (Is 40,12-13): La tierra, las aguas, los mares, los animales, los humanos, la inteligencia, la fe, la esperanza, el amor, la paz, la salvación.

Señor, perdona si insisto: ¿Tú estás triste? ¿O es nuestra tristeza disfrazada de alegría nos ha llevado hasta aquí? ¿Nos hemos hecho dueños de lo que solo nos concedieron la administración? (Mc 12,1-12). Enséñanos a volver atrás y saber que tus caminos son mejores que nuestros caminos (Is 55,8).