La pregunta por Dios en un mundo autosuficiente

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El Salmo I de Don Miguel Una­muno incluido en la entrega del pa­sado domingo terminaba con una especie de clamor desesperado propio de quien en su pregunta radical por lo absoluto, pregunta en la que se juega el sentido del resto de las preguntas, aspira a encontrar esa especie de “evidencia categórica” que, a decir del gran Vasco, “aca­bará con todos los ateos de la ­tierra”.

Pero no son así de fáciles las cosas. Entre dudas caminamos. En la búsqueda humilde y sincera de quien sabe que son más sus interrogantes que sus certezas.

Es, precisamente, esta actitud la que subyace en el diálogo que el gran poeta español Antonio Macha­do desarrolla con su “Juan de Mai­rena”, obra que no es más que el diálogo interior del poeta consigo mismo.

– ¿Cree usted en Dios?

– Quiero creer; no logro creer. A veces no quiero creer. A veces creo sin querer. Creo hoy; mañana dejo de creer. Dudo.

– Pero Dios existe o no existe; hay que creer en él o negarlo, no cabe dudarlo.

– Eso es lo que usted cree.

A su modo, lo ha expresado con profundidad admirable el jesuita y  pensador español José Ignacio Gon­zález Faus en diálogo profundo con otro grande del pensamiento espa­ñol contemporáneo, Ignacio Sotelo, en su hermoso libro – diálogo ¿Sin Dios o con Dios? Razones del agnóstico y del creyente: “respecto de esas cuestiones que llamamos” últimas “no hay respuestas seguras ni experimentables ni científicas. Y cada ser humano ha de correr el riesgo de una opción creyente y de una relatividad, al responder a ésas que son precisamente las preguntas más absolutas…”. No obstante, y aún desde la duda, con su capacidad interrogativa y admirativa puede el ser humano aproximarse y orillar  en humildad los linderos del misterio. Y dar el salto para arribar al encuentro con el “Totalmente Otro” que reconfigura para siempre la existencia. No es creer tema sólo para ingenuos, enajenados o apocados en sus miedos y en sus carencias, como pretendieron justificar los “maestros de la sospecha”. Es falso y absurdo plantear la tradicio­nal dicotomía entre ciencia y fe, ha­ciéndola incompatibles.

Preguntado Don Julián Marías, el gran filósofo discípulo de Ortega y Gassett y uno de los grandes maestros de la filosofía contempo­ránea, si creía en Dios, respondió plenamente convencido:

Sí. Y ese Dios es para mí prima­riamente personal, alguien a quien se puede decir Tú -más concretamente- Padre. La vivencia radical en relación con Dios es  para mí la de estar siempre ante sus ojos, sin que esto suprima la soledad en que la vida consiste. Por eso, la segunda impresión, de “estar en sus manos”, se traduce en la de “ser enviado” o “estar puesto” a hacer algo: siento que Dios hace de mí lo que quiere, pero lo que quiere es mi libertad”.

Y preguntado en la misma entrevista si hay en nosotros algo que sobrevive a la muerte corporal, su respuesta no se hizo esperar:

“Creo que todo en nosotros sobrevive a la muerte corporal; o si se prefiere, que todo renace en con­diciones distintas. La muerte corporal… no es mi muerte; a lo sumo, esta podría ser consecuencia de aquella; Creo, y además veo para ello buenas razones, que la persona que soy yo cruzará la frontera de la muerte sin aniquilarse… y esa mis­ma persona seguirá viviendo en una circunstancia radicalmente distinta… que incluirá una nueva forma de corporeidad; creo, y con particular entusiasmo si se me permite la expresión, con avidez, en la resu­rrección de la carne. Y no concibo esa otra vida como una abstracta beatitud inerte, sino como una em­presa inacabable e infinita, a la vez la de descubrir y poseer a Dios y la de realizar todas las posibilidades auténticas que la trayectoria efectiva de nuestra vida terrenal no ha podido seguir, que han quedado in­cumplidas y llamándonos, a dere­cha e izquierda del camino”.

¿Son acaso respuestas absurdas o sin fundamento ?

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