La paz recibida del Resucitado ha tenido su efecto.

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El encierro es cosa del pasado. Aquel lugar que mantenía atrapada la vida de los discípulos tras la muerte del Maestro ha quedado como un recuerdo de lo que es capaz de provocar el miedo. En el Evangelio de este domingo nos encontramos a los seguidores de Jesús en el lago de Galilea, lejos de Jeru­salén y de aquella habitación que hacía que la vida oliera a fracaso.

La vida parece haber recobrado su ritmo normal. Siete discípulos aparecen en escena; Pedro a la cabeza. Es el líder del grupo. Es el que toma la iniciativa: “Me voy a pescar”. Vuelve a ganarse la vida en aquello que sabe hacer. Re­gresa a las aguas donde había pasado importantes momentos con el Maestro, ahora físicamente ausente. En aquellas mismas aguas se le había pro­nosticado que sería, al igual que sus otros compañeros, pes­cador de hombres. ¿Qué sale a pescar Pedro en esta escena de hoy, los mismos peces de siempre o los hombres que precisa la Iglesia? En todo caso ha vuelto a la faena, en una jornada cualquiera de su vida. Las noches cargadas de miedo, extensiones de unos días de continuo encierro han sido superadas. La paz recibida del Resucitado ha tenido su efecto. Aunque ahora sigue siendo de noche (es el mejor momento para pescar), el mie­do ha desaparecido. La parálisis ha sido superada. “Vamos también nosotros contigo”, dicen los otros seis discípulos que lo acompañan. Si han vivido juntos el miedo y la oscuridad existencial, por qué no disfrutar juntos del nuevo escenario y hacer causa común en el trabajo que les aguarda. En total son siete. Representan la totalidad de los seguidores de Jesús. Allí está la comunidad completa, reunida en una nue­va oportunidad, en el lugar donde se desarrolla la vida. El paso de la noche al día marcado por Cronos es signo de otro paso: el de una vida envuelta en profunda oscuridad a otra bañada por el sol de una agra­dable prima­vera. Todo nuevo amanecer podría traer consigo los cambios tan anhelados.

El cambio en la vida y en los resultados de la pesca ha sido posible gracias al mandato de un aparente desconocido: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Esas palabras llegan a sus oídos después de una noche estéril. “Aquella noche no cogieron nada”, nos cuenta el evangelista. Los resultados de nues­tros esfuerzos, por más expe­rimentados que seamos en lo que hacemos, no son iguales cuando contamos solo con nuestros propios recursos que cuando somos asistidos por la presencia del Resucitado. Cuando esto ocurre, cuando nuestra vida pasa del fracaso experimentado por el uso de nuestras propias fuerzas al éxito alcanzado gracias al mandato de aquel aparente desconocido, entonces no hay nada que impida su reconoci­miento: “¡Es el Señor!”. Esta aclamación salida de los labios de “aquel discípulo a quien Jesús amaba” es la confirmación de la identidad de quien ha hecho posible el paso de la noche infructuosa a la mañana productiva.

Y luego, “unas brasas con un pescado puesto encima y pan”. Es el momento de celebrar. Es el punto de llegada de un itinerario que, habiendo empezado con un intento fallido, termina con una abundancia de dones. Los frutos cose­chados en la vida nos hace bien celebrarlos. Celebrar es el punto de llegada de la pedagogía del proceso misionero propuesto por el papa Francis­co en el número 24 de la ex­hortación apostólica Evangelii Gaudium. Pero no se trata de cualquier celebración; en el texto que nos ocupa se nos re­mite muy claramente a la Eucaristía, “fuente, centro y culmen de la vida cristiana”.