La pastoral de los santos

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Es triste que hablamos tan poco de los santos. Es triste que los Miguelitas, desde los púlpitos, no habla­mos con mucha frecuencia sobre el padre Bronislao, y no es co­rrecto condenarlo al silencio, porque el santo tiene mucho que decir a la gente de hoy.

La fe y la experiencia de lo que es la miseria humana, la cruz, la presencia de la Madre de Dios, la confianza en el amor y la Providencia de Dios, hicieron que la religiosidad del Bronisalo nunca disminuyó. Decía: “Profeso­res impíos me quitaron la fe…” “No se detenían en ha­cer excursiones maliciosas en contra de las personas de fe, llamándolo: la superstición religiosa… “.

¡Que este sufrimiento del joven Markiewicz hable hoy a todos, quienes tienen el po­der y preparan u organizan la educación, queriendo sacar de la educación lo religioso e invertir una educación secular!

En el momento de su conversión gritó: “¡Dios, si Tú existes, déjame conocerte! … Y luego usaré todas mis fuer­zas para seguir la Verdad”.

Él “no buscaba dinero, sino almas”, buscaba ovejas perdidas. Era un profesor dando clases en el seminario. Le pagaban por clases, pues no tenía problemas con su mantención.  No se limitaba a ello, más bien lo invertía en las construcciones de la pa­rroquia y a la pastoral.

En la mañana en el confesionario, de día, en las cárceles y visita a la gente moribunda a causa del cólera, presente en las calles y en el campo. Las preocupaciones de la gente eran sus preocupaciones. Especialmente lu­chaba en contra del alcoholismo, creando una “Sociedad de los sobrios”.  Luchaba en contra de los prestamistas, quienes con un enorme porcentaje explotaban a los po­bres. Creaba espacios para niños y jóvenes y estaba con ellos.  Siempre con la gente.  Resolvía disputas entre los  vecinos, peleas en los matrimonios. Se ocupaba en dar ayuda constante a los pobres de la parroquia. A sus cola­boradores en el trabajo les contagiaba su entusiasmo y fervor personal, con el encanto que fluía de su celo apostólico.

Sufría por la Iglesia que llevaba su misión a medias. Escribía: “Las riquezas me dan asco, me avergüenzan, qué horror”. Presentía el porvenir con pasos rápidos a la nueva era. Temía que el clero se vinculara demasiado con la estructura pública y política con el espíritu ateo que  había en su pueblo. “Constru­yamos sobre Dios, no sobre los señores”, y gritaba, “Re­parten la fortuna de los no­bles y de la Iglesia antes de que se les quiten”. Salven al pueblo, sanen su incredulidad.  Y ustedes ricos en el legado cristiano, legado de caridad, atiendan a los hambrientos y los que mueren congelados por el frio. Esta fue su principal tarea: Ali­mentar en el cuerpo y en el espíritu a los niños y jóvenes.

“Envían a China, a la In­dia, a Europa a los comerciantes y colonizadores en vez de enviar a los misione­ros. Y esto un día rebotará y regresará como una desgracia”. Juan Bosco recordaba al mundo que la Iglesia es de los pobres, es decir, que Él mismo viviendo la pobreza evangélica de los pobres,  lleva la Buena Nueva y esta es la mejor forma.

Bronislao, aprendiendo de San Juan Bosco, los últimos 20 años de su vida, los dedicó por completo a los niños abandonados. Sin embargo, no perdió la perspectiva de los temas claves de la Iglesia.

Como el editor de la revista “Templanza y trabajo” luchaba en contra de la actitud consumista del hombre, explotación de los de­más, indiferencia religiosa, insensibilidad a la pobreza y el sufrimiento humano.

Se oponía a la política que con el pretexto de llevar una cultura moderna y la felicidad placentera esclavizaba la nación. A través de sus alumnos, esta influencia se exten­dió por toda Polonia y tuvo una gran demanda y apoyo. In­cluso en la Arquidiócesis donde Él trabajaba, surgió la idea de crear tal proyecto en cada decanato. Sin embargo, el beato Bronislao no pudo cumplir sus deseos, pues los 60 colaboradores, bajo la presión del exterior, dejaron al Beato.

Tal vez sucedió así por­que es obra de Dios y para que pudiera revelarse el poder, la  humildad y espiritualidad del Fundador de los Miguelitas.  Él nunca se rebeló, no se de­rrumbó, ¡solo confió completamente en las justicia de Dios!

Confiamos que sus pensa­mientos y actitudes son el ca­mino hacia el alma humana, y una gran ayuda en la creación de una verdadera pastoral, ba­sada en el legado de Bro­nislao y los demás santos y beatos. Hoy estamos mejor preparados y equipados. Pero, debemos hacernos una seria pregunta ¿Comparado con el legado de Bronislao, nuestra pastoral anda mejor?