Padre William Arias

Con agradable asombro va­mos viendo cómo la antes frágil democracia latinoamericana, en los últimos tiempos se ha ido fortaleciendo, con las buenas ejecutorias, aunque no perfectas, de los procesos elecciona­rios en los países de América Latina, aunque para darse esa democracia que anhelamos y nos merecemos falta mucho y se necesita consolidar una serie de elementos sociales que son puntos de agenda pendiente, pero vamos caminando y avanzando.

Resulta interesante como en los últimos escrutinios electora­les del Continente, el resultado ha sido la elección de gobiernos de izquierda, tales como Chile, Argentina, Perú, Bolivia, el Sal­vador, México y ahora Colom­bia, y tal parece que en el futuro se vislumbran más. 

Pero el asunto es que esta izquierda no hay que verla con los ojos como veíamos la iz­quierda de los años 70-80, que era una izquierda más preocupada por la liberación del pobre a niveles socio-económico, era más pragmática. Sin embargo, la de hoy es una izquierda más ideológica, artística y más preocupada por la cuestión del gé­nero, el aborto y las reivindicaciones del grupo LGTB+. Aquella izquierda era más en­globante, tenía muy en cuenta al pueblo llano y su religiosidad; esta es más clasista, es clase media un tanto elitista y arreligiosa más que atea, de ahí que la derecha de hoy se ha hecho más irascible y la Iglesia jerár­quica se ha hecho más aliada de ella que antes.

No sabemos hacia donde esta izquierda llevará al pueblo, pues no hay una utopía-meta que se sepa, pues es muy postmoderna, ya que el asunto es vivir el momento y ya, responder a las necesidades que hay sin más, y eso no está mal, pero siempre se habló en aquella izquierda de los setenta, de esa sociedad sin clase, de la apertura de un socialismo de verdad, de justicia a más no poder, a semejanza del reino de Dios, predicado por Jesucristo.

Tal parece que esta iz­quierda toma muy en cuenta aquello de Fukuyama, de que la historia ha llegado a su final y no hay más sistemas que el ­capitalismo y la democracia re­presentativa. Ella al llegar al poder, mantiene esos mismos patrones capitalistas, ahora reciclados, como se hace llamar una antigua izquierdista del patio, dando la sensación de que el mote de izquierda es solo contestatario ante los gobiernos de turno y de la derecha que se va abriendo pasos agigantados entre nosotros y en el mundo.

Aquella izquierda 70-80 su­po subir a la montaña y dejar lo urbano, para rescatar lo noble del pueblo que estaba en los campos. No negamos que algu­nos se excedieron y hasta trai­cionaron esos ideales, pero na­die puede negar sus aciertos y sana intención primera.

Esta izquierda de hoy es su­mamente urbana y amiga del desorden y el irrespeto y de los modelos de conducta del norte, como bien no se equivocó “Ariel”. 

La vieja izquierda latino­americana supo conversar con la Iglesia y la Iglesia con ella, la Teología de la Liberación es su legado, los diversos proyectos de desarrollo de muchas comunidades fueron fruto de este en­cuentro. La Iglesia dio cobija a muchos jóvenes izquierdistas de entonces, los protegió y ellos se sintieron así, a sabiendas de que los caminos que andaban eran distintos pero llevaban al mis­mo fin. 

La nueva izquierda latinoa­mericana, quiere desarraigar lo religioso, destruirlo, como la quema de iglesias en Chile y en otras localidades; no quiere, ni desea dialogar con la Iglesia, lo que ha llevado a la Iglesia en su estamento jerárquico a lo mis­mo, y a su apertura a la derecha, nos deja esta izquierda el amargo sabor de  que es una especie de narcisismo posmoderno, donde se sigue con lo mismo, solo con un pequeño tinte de arcoíris.