La memoria del corazón

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He aquí la fuente de la oración de acción de gracias

 

 

 

La memoria del corazón es la gra­titud. Aunque tal vez sea una redundancia decir memoria del corazón. Toda memoria es del corazón. El verbo re-cor-dar remite precisamente a este órgano. De los diez leprosos solo se volvió uno a dar gracias. Recordó cuál era su estado de vida antes del encuentro con Jesús y cómo dicho encuentro se la transformó por completo. “Se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias”. El pasado, nos ha insistido el papa Francisco, hay que mirarlo con gratitud. He aquí la fuente de la oración de acción de gracias.

Estos leprosos habitan, según el texto, entre Samaría y Galilea, lugar por donde pasaba Jesús. Ese entre es muy significativo. No viven en nin­guna de las dos regiones seña­ladas, sino entre ambas. Una especie de “limbo” geográfico. ¿Nos insinuará el texto su no pertenencia a cual­quiera de los dos lados? Sí es así, nos está remarcando el rechazo que de por sí ya su­frían por su condición de lepro­sos. Condena que los obligaba a so­bre­vivir en las afueras de los pueblos.

Estamos, en todo caso, ante un relato que va más allá de la mera curación de un enfermo. Se trata de un encuentro sanador. Estos diez le­prosos, en su encuentro con Jesús, superan la exclusión que los man­tiene geográfica y socialmente excluidos. De Jesús reciben no solo la salud, sino una nueva vida. Esta, al igual que la primera vez que vinieron al mundo, se les concede gratuitamente. Motivo su­ficiente para mostrar­se agra­de­ci­dos. Pero solo uno se de­vuelve a dar gracias. El diez por ciento. Ya que en nues­tro mundo se impone tanto lo cuantitativo habría que preguntarse si ese diez por ciento no es una cifra representativa de las personas que suelen expresar su gra­titud tanto a Dios como a toda persona que le hace algún bien.

El leproso que se devuelve agra­decido por su sanación deja de cumplir “lo mandado” -presentarse al sacerdote para que certifique su curación-, para expresar su agrade­cimiento reverente a quien lo había sanado. Su encuentro con el Dios compasivo, de quien ha recibido nueva vida, no se da a través de “lo mandado” y su “certificador”, sino a través de quién mejor hace presente la misericordia divina: Jesús. Más significativo aún resulta que el único le­proso que se devuelve sea un samaritano, uno no sujeto a las leyes y preceptos judíos. ¿Son estos –las leyes y los preceptos- un obs­tá­culo para expresar con esponta­neidad la acción de gracias que brota de la me­moria del corazón? Pensémoslo.

Quien actúa como el leproso agradecido se dispone para reci­bir nuevos beneficios. La acción de gracias deja las puertas abiertas para que el don siga circulando entre quien da y quien recibe: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”.

Quien se devolvió a dar gracias por la sanación corporal ahora es beneficiado con la salvación definitiva. La gra­titud hace que el canal por donde ha transitado el regalo recibido se mantenga abierto para que lleguen otros, tal vez inesperados. El primer don, la sanación, fue fruto de una petición: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. El segundo, ha sido pura iniciativa del dador.

En la oración de acción de gracias no solo hacemos memoria del bien recibido, sino de quien nos lo ha dado. Se da un descentramiento del yo. Quien se queda solo en la petición, como ocurrió con los otros nueve que rogaron ser sanados, reduce la oración a una mirada de sí mismo, de sus necesidades, a un círculo vicioso. Por el contrario, quien es capaz de activar la memoria del corazón abre el círculo para que la relación con Dios fluya sin tropiezos.