La liturgia es más que rúbricas, ritos y ceremonias

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En los días pasados de Semana Santa es donde el pueblo de Dios toma más conciencia de la dimensión litúrgica de la Iglesia, por la diversidad de celebraciones, mo­mentos y ritos que se tienen en esos días, sobre todo en el Triduo Pas­cual. Pero la Liturgia es más que todas esas cosas.

La palabra Liturgia etimológicamente viene del griego y significa, “servicio público” o “servicio al pueblo”, ya que en su morfología, están presentes los términos griegos de pueblo y de trabajo o acción; en sí sería el trabajo que se hace por el pueblo, con el pueblo y en el pueblo, de ahí lo de servicio público.

Como tantos otros términos profanos pasó a significar realidades sacras en la Iglesia naciente, pues algún nombre debía de dársele ya, pero previo a la Iglesia en la versión de la LXX, hay versículos que colocan el término liturgia en el terreno de lo sagrado o de la realización de los servicios sacros en el Israel previo a Jesús.

 

El asunto es que liturgia huele a pueblo, en nuestro caso al pueblo de Dios, que es la comunidad eclesial, una asamblea que celebra a su Dios, su misterio, su salvación. Es algo que recuperó el Concilio Vaticano II, pues desde el Concilio de Trento, y es lógico, mucho de esto se perdió.

Ahora bien, el pueblo de Dios se siente convocado por su Señor, él le comunica y le da su gracia a la cual este responde por la fe, y va viviendo esa fe en medio de sus avatares, aciertos y desaciertos, santidad y pecado, pero teniendo siempre presente el triunfo de Dios en la persona de su Hijo Jesús por mediación del misterio pascual que es su muerte y resurrección.

El pueblo encarna su realidad en esta realidad divina y ella misma ilumina la realidad del pueblo, es una fe y una convicción divina que se vive, se sirve y se celebra, en esta parte de la celebración entra lo litúrgico, acciones al servicio del pueblo que celebran su fe, hacen presente los misterios divino-salvífico en los cuales se basa dicha fe; entonces: rúbricas, ritos y ceremonias son guías para la celebración de estos misterios de fe, no son lo esencial y principal en lo relativo a la celebra­ción, pueden ser cambiantes, obedecen a la temporalidad y a la espacialidad, pues diversas son las realidades y circunstancias del pueblo que celebra y al cual se sirve litúrgicamente.

Mons. Roque Adames en su in­mensa sabiduría decía una vez, que el catolicismo nuestro debía inculturizarse, que era una tarea pen­dien­te, y que un aspecto de dicha inculturación son nuestras formas litúrgicas que todavía son depen­dientes de formas estereotipadas de la cultura occidental y de culturas europeas. Estas culturas han sintetizados en sus acciones litúrgicas, la vida de sus pueblos en relación a la vivencia del misterio de la fe en muchos ritos litúrgicos, al parecer todavía noso­tros no.

Siempre detrás de toda forma litúrgica hay una teología que le avala, en años recientes se comenzó entre nosotros una teología propia, obstaculizada por elementos de fue­ra, de autoritarismo y de poca concreción teológica por parte de algu­nos de los nuestros. Sería interesante retomar de nuevo el camino teológico trillado y por trillarse, para así llegar a esa vivencia litúrgica en sus rituales y acciones de cara a la realidad de nuestro pueblo, en cuanto a la encarnación de su fe, y tal vez así no haya la necesidad de querer volver a viejas usanzas litúrgicas que hoy no le dicen nada a na­die, o al antiguo rubricismo pre-va­ticano, que al parecer hoy algunos quieren poner en voga; porque hay que hacer de nuestra liturgia un verdadero servicio al pueblo de Dios: La Iglesia.