Ya casi no vemos burros por ningún lado, prácticamente no lo vemos, sobre todo en estas áreas del Cibao, donde era propio y típico ver a nuestros campesinos y campesinas a lomo de burro para resolver sus tareas, tales como cargar los frutos del campo, el agua y transportarse de un lugar a otro, y otras tareas más. Recuerdo que prácticamente mi infancia y adolescencia las pasé montando en burro. Siempre digo que en esos tiempos le pedía a Dios que me enviara una bicicleta, y lo que me envió fue un burro, pero así son las cosas, y qué bueno fueron esos tiempos en que andaba y andábamos en burro.

A lo largo de la historia el burro fue siempre el transporte de los pobres. Es común ver en algunas ilustraciones de la Virgen María visitando a su prima Isabel, a lomo de burro, igual cuando ella y San José van a Belén donde nace el niño, porque eran pobres, y así fue entre nosotros. En los campos, los más pudientes tenían carros o camionetas, que no era tan común, o usualmente caballos o mulos, que eran por cierto bien costosos para el momento.

Pero con la llegada de las motocicletas o “motores” entre nosotros, los pobres comenzaron a adquirir un medio de transporte más rápido. Más adelante aumentará el flujo de carros y camionetas y camiones para el transporte de productos, y el burro como medio de transporte para los más pobres comienza a desaparecer, hasta el sol de hoy que son escasísimos entre nosotros, hasta llevarnos a aseverar que ha desaparecido.

El asunto es que hemos cambiado de época y tiempo. El cambio económico y ciertos avances nos han llevado a poder adquirir un medio de transporte más práctico que el burro, además hemos pasado del campo a la ciudad a nivel cultural. En sí hemos cambiado y algunas cosas como el burro, han ido quedando atrás y van desapareciendo, pues pueden resultar poco prácticas para el momento y las necesidades presentes. Me parece que no hay nadie que se ha resistido a este cambio, todos los que anduvimos en burro nos hemos dejado llevar y nos complacemos y hasta nos ha alegrado el cambio, que en sí ha sido positivo, aunque haya desaparecido o va desapareciendo nuestro amigo y buen servidor el burro.

Creo que algo así ha pasado en todo, no solo se ha cambiado el burro por otro medio de transporte, sino que también otras cosas han cambiado y siguen cambiando, pero no aceptamos esos cambios como hemos aceptado el del burro, a veces nos resistimos, y en la Iglesia lamentablemente en algunos esa resistencia al cambio se hace sentir y ver. Hemos pasado desde hace 60 años por un Concilio Vaticano II que nos invita a ponernos al día con el mundo y el hombre de hoy, pues no es cambiar por cambiar, no es dejar al burro por dejarlo, sino que los tiempos y los avances del ser humano no nos deben de ser ajenos y algo debemos de hacer si queremos seguir en el tren de la historia y no bajarnos. 

Sabemos que el cambio ha traído una serie de elementos no sanos, y es ahí nuestra tarea para transformarlo, pero también ha traído nuevas y buenas cosas, que son mejores y más prácticas que el burro. 

El mundo y el quehacer del hombre no se detienen, el cambio es una constante, la transformación de la realidad está a cada paso y no nos debemos sustraer a ella como creyentes y como Iglesia, pues podríamos correr el riesgo tal vez de la no vigencia o en grado extremos de la desaparición como el burro.