La Biblia en tiempos de coronavirus

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SEGUNDA PARTE

 

La lectura de los 43 libros que componen el Antiguo Testamento es proyecto a largo plazo.

Primero se debe superar el prejuicio de que esos libros pertenecen a los judíos, no a los cristianos. Ya en el siglo II la Iglesia condenó el parecer de un tal Marción que re­chazaba el Antiguo Testamento.

Nótese ante todo que los libros del Nuevo Testamento hacen conti­nua referencia a los del Antiguo. Recuérdese, por ejemplo, cómo Jesús predicó un sábado en la sinagoga de Nazaret aplicándose a sí mismo una profecía de Isaías (ver Lc 4, 18-21).

Jesús recomienda explícitamente el Antiguo Testamento cuando se apareció a dos discípulos camino de Emaús la tarde de su Resurrección: “Y comenzando por Moisés y ­siguiendo por todos los profetas les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras” (Lc 24, 27). Ya de noche se apareció de nue­vo en el Cená­culo donde estaban los Once apóstoles, y les dijo: “Era necesario que se cum­pliera todo lo escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí” (Lc. 24, 44).

Como los Sal­mos son oracio­nes, mejor rezarlos que leerlos. Eso se puede hacer mediante el rezo de Laudes y Vísperas, las dos partes principales de la Liturgia de las Horas. Aumenta el número de los laicos que las rezan.

También hay que superar el prejuicio de que la lectura del Antiguo Testamento es aburrida y que sabe a penitencia. De ningún modo. La mayoría de esos libros entretienen, divierten y recrean, pero provecho­samente.

Comience por leer el pintoresco libro del aventurero Jonás. No solamente deleitan sus peripecias, sino que nos edifican, pues Jesús se refirió dos veces a Jonás, primero como predicador efectivo en Nínive, y luego como figura de su muerte y resurrección al tercer día.

Quien guste de literatura poética y romántica, nada mejor que El Cantar de los Cantares. No se escandalice por su carga erótica. La atracción física pertenece a la crea­ción, pero Eros se subordina al Ágape, amor de caridad o benevolencia.

Si alguien bus­ca apoyo para un sano feminismo, descubrirá que hubo grandes he­roínas en aquellos tiempos. Basta con leer los libros de Esther, Judith y Ruth para admirar a mujeres que en ciertos momentos tuvieron mayor protagonismo que los varones.

Para lectores que prefieran lite­ratura de pensamiento agudo, es decir, sentenciosa, cargada de sentido común y rica en orientaciones prácticas, acudan a los libros ­sapienciales, compuestos por sabios que filosofaban a la luz de la fe monoteísta. Lean Proverbios, Sabi­duría, Eclesiástico y Eclesiastés; éste último requiere un poco de estudio, pues puede sonar pesimistoide y poco religioso.

También es texto sapiencial el libro del sufrido Job. Lea ese libro quien crea que no debe sufrir por­que se porta bien con Dios. Es una aproximación al drama del sufri­miento de los justos. El profeta Isaías es el mejor escritor del Antiguo Testamento. Transmite profecías muy explícitas sobre el futuro Mesías. No le van en zaga Jeremías y Ezequiel.

Los primeros cinco libros en las ediciones se conocen como Penta­teuco o libros de la Ley. A algunos se les hacen poco digeribles Leví­tico y Números. Privilegie, por tan­to, Génesis, Éxodo y Deuteromio. Incluso en éstos pueden chocar ciertas prácticas como la bigamia, el adulterio y la violencia homicida.

Todavía resultan más escandali­zantes ciertos pasajes de los 16 libros históricos. Esos libros muestran la triste realidad del pueblo de Israel, “pueblo de dura cerviz”, necesitado de una Nueva Alianza, la que anunció lúcidamente Jere­mías (vea 31, 31-34), y se cumpliría al llegar “la plenitud de los tiempos”, la era cristiana.

El Antiguo Testamento debe leerse en clave mesiánica y cristo­lógica; prepara la revelación y salvación definitivas en el Hijo encarnado.

San Agustín, siempre retórico, dijo: “Novum Testamentum in Vetere latet, et Vetus in Novo patet” (el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo, y el Antiguo se ma­nifiesta en el Nuevo”).