Los ángeles son para nosotros un ejemplo a seguir. En primer lugar, tienen a Dios y lo alaban, lo bendicen. Ellos no nos quitan nuestras tareas, sino que nos dan la fortaleza para cumplirlas. Por eso son para nosotros una bendición de Dios. Por tal razón, meditaremos la temática de las bendiciones. Y es que en muchos aspectos de nuestra vida cristiana encontramos las bendiciones que, deseando buena suerte, fluyen sobre las personas y la realidad que nos rodea. Dios hace que su bondad y aceptación del mundo se transfieran a la creación. Al mismo tiempo, a través de su bendición, Dios marca el comienzo del tiempo, dejando claro que no se trata solo de dar significado mágicamente a los objetos y rituales, sino de su presencia constante en el tiempo.

A lo largo del Antiguo Testamento, las personas ruegan por bendiciones mientras evitan a toda costa las maldiciones que siempre son consecuencia de la maldad y el pecado. Recordamos bien cómo Jacob hace todo lo posible para recibir la bendición de su padre Isaac. Con este fin, utiliza su instinto y astucia. Un hombre bendecido por Dios disfruta de buena fortuna y, como dice la Biblia, todo lo que hace tiene éxito. En el Nuevo Testamento, Jesús continúa bendiciendo a adultos y niños. De su boca sale una palabra que siempre quiere el bien para otro ser humano y al mismo tiempo advierte contra el mal y su fuerza letal. Por lo que no es una coincidencia que la esencia de la Buena Nueva se base en la bendición. La salvación no fue un acto ordinario de bondad, sino el resultado de un profundo deseo de Dios de que las personas prosperasen de la mejor manera posible.

Dios sabía bien que el pecado había enviado su maldición sobre los humanos. La maldición que finalmente conduce a la muerte. Entonces, bendijo al hombre para que no cayera en la esclavitud, sino que viviera una esperanza de liberación, de salvación. Vale la pena señalar en este punto, que después del pecado original, Dios maldice las serpientes y las tierras cultivables, pero al mismo tiempo no se atrevió a lanzar su maldición sobre el hombre. Dios sabía que la infelicidad del pecado era suficiente castigo para el pecador. No obstante, el hecho de que en el Evangelio hay momentos, cuando Jesús dice la palabra “ay de aquel”, no puede pasar desapercibido. Se refiere principalmente a la hipocresía, la falsa religiosidad y la opresión de los más pobres.

Alguien que destruye la obra de Dios, debe tener en cuenta las consecuencias en el “ay de aquel”. Las fuerzas y los esfuerzos mal colocados traen el mal al hombre, que lo maldice y se convierte en un bloqueo para la acción de la gracia. Desde el principio, la Iglesia adoptó la práctica de bendecir a personas, animales y objetos. En la liturgia de los sacramentos, la bendición es como la afirmación de una gracia en acción. Cada bendición es una participación en el misterio pascual de Cristo, que bendice a todo ser humano y le invita a vivir su vida más profundamente, donde la realidad material y espiritual se compenetran. Así que no tengamos miedo de pedir una bendición. Así mismo, estemos felices de dársela a nuestros familiares, especialmente a los niños. Estamos en el tiempo navideño y al comienzo del Año Nuevo.  Este tiempo siempre está lleno de bendiciones especiales en la liturgia. Por tanto, al final de esta reflexión les bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amen.

Padre Jan Jimmy Drabczak CSMA