San Ambrosio de Milán (339-397), Padre de la Iglesia y uno de los cuatro grandes Doctores latinos de la Iglesia, comentando las palabras del Evangelio según San Lucas, que habla de los huestes celestiales, alabando a Dios ante los pastores (2, 13-14), enseña:

Es correcto que estemos hablando aquí de las huestes de ángeles que se pararon junto al ángel de Dios, su líder, y con él adoran a Dios. A quien los ángeles han de adorar, si no al Señor, como está escrito: ‘¡Aleluya! ¡Alabad a Yahveh desde los cielos, alabadle en las alturas, alabadle, ángeles suyos todos, todas sus huestes, alabadle! (Salmo 148, 1-2). Así se cumple la Escritura, Dios es glorificado por los Ángeles y se le ve en la tierra. Habla de ello san Marcos, “Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían”. (1,13); para que en el primer caso veas la señal de Su misericordia, y en el segundo tengas la prueba de Su Divino poder. Estará expuesto a las fieras, pero sólo en Su naturaleza (Divina) es adorado y proclamado por los Ángeles (exp. Ev. Sec: Lucam II, 52).

Al final de nuestra reflexión, citemos las palabras de Santa Teresa de Ávila (1515-1582):

En el día de San Pablo, cuando estaba en la Santa Misa, se me apareció en su plenitud la santísima humanidad de Cristo, como se presenta en los cuadros, resucitado, lleno de inefable gracia y majestad […] Y solo esto diré, que, aunque en el cielo no hubiera otro deleite para los ojos, de esta gran belleza de cuerpo glorificado, y especialmente de la humanidad de nuestro Señor Jesucristo, sería ya gloria y felicidad inefables. Si ya es aquí en la tierra, donde su majestad se revela solo en la medida que conviene a la débil capacidad de nuestra pobreza, es tan deleitable y feliz esta vista, que solo estará allí cuando el alma goce plenamente de ver tanta belleza y grandeza (Libro de la vida, capítulo 28).

Santos ángeles que contemplan con asombro el rostro de Dios y permanecen en constante alabanza a Dios, ayúdenos a comprender nuestra honrosa vocación, que nos enseña San Pablo, diciendo que Dios nos creó para la gloria de su majestad (cf. Ef 1,12).

P. Jan Jimmy Drabczak CSMA