Interesante propuesta: Año del Agradecimiento “Siempre tengo algo por hacer, pues no tener nada que hacer, es algo por hacer¨.

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El padre Santiago Martín, director de la congregación religiosa los Franciscanos de María, con sede en España, acaba de hacer una interesante pro­puesta, y es dedicar cincuenta y dos sema­nas, todo un año, al agradecimiento.

Para los que quiera escu­char el audio (http://magnificat.tv/es/node/18926/2) y para los que quieran ambas versiones o las dos, me permito compartir hoy con ustedes, el conte­nido de esta propuesta tan significativa para mí. Para mí, porque una de las cosas que he aprendido con y para Dios, es a darle las gracias.

El día que no le doy gracias, de alguna m­nera, me creo que no respiro.  ¡Qué grande y bueno es nuestro Dios, que nos dio a Jesu­cristo, su hijo, para que todo aquel que en El crea, no muera, más tenga vida eterna! (Jn. 3,16).

Con esto basta para darle gracias cada día, saber que más allá de esta vida terrena, hay toda una vida eterna, que empieza aquí y ahora, y que el mismo Jesús nos la describe así: “Pues esta es la vida eterna: conocerte a ti, único Dios verda­dero, y al que enviaste, Jesús, el Cristo” (Jn. 17,3). Sin más, les dejo con ella:

“Dicen que en las grandes crisis sale de dentro lo mejor y también lo peor que hay en el hombre. En esta te­rrible pandemia se ha comprobado una vez más esa afirmación. El heroísmo de los que han luchado contra el virus y sus consecuencias, sobre todo en los hospitales, pero también en los comercios y en todos aquellos servicios que no han dejado de prestarse, forman parte de lo mejor.

El egoísmo de los que no han mostrado ningún tipo de solida­ridad con las víctimas y que han llegado in­cluso a maltratar e médicos, enfermeras o cajeras de supermercados como si, por hacer su trabajo, fueran portadores de la epidemia, forma parte de lo peor.

Desde el punto de vista religioso ha sucedido igual. Los ejem­plos de generosidad han abundado, tanto entre los que han pues­to al servicio de los demás su dinero o su tiempo, como entre los sacerdotes que no han dejado de atender a sus feligreses a veces a escondidas y con riesgos. Pero también ha habido muchos que se han cerrado en sí mismos y que no han aprovechado este tiempo de encierro forzoso para acercarse más a Dios. Mientras que unos pocos daban gracias por lo que tenían y se apoyaban en Cristo para hacer frente a los problemas que generaba la epidemia, otros sólo han sabido quejarse contra Dios por las contrariedades que sufrían o se ha dirigido al Señor sólo para pedir y nunca para dar gracias, porque pensaban que no tenían nada que agradecer.

Este es precisamente el problema fundamental, que vie­ne de muy lejos pero que en situaciones extraordinarias como la que vivimos, se pone abiertamente de manifiesto. Que uno que no tiene fe no le dé gracias a Dios, es lo normal; ¿cómo va a agradecer a alguien en quien no cree? Pero que un católico no sea capaz de acercarse al Señor para darle gracias, aun en medio de las dificultades, y para ofrecerse a Él para poder ayudar a otros, es una prueba de la inmadurez de su fe. A muchos, quizá a la ma­yoría, los problemas les han encerrado más en sí mismos y es hora de revertir esa situa­ción. Es imprescin­di­ble y urgente tener con Dios y con el prójimo una relación que no sea egoísta, que no esté basada en la búsqueda del propio interés. Y eso por los efectos que tendría sobre la caridad, pero también por el bien espiritual y psicológico de la propia persona. El que no sabe agradecer se amarga y amarga la vida a los que le ro­dean. Sólo sabe quejarse y pedir. Todo es poco para él y por mucho que le dieran seguiría pareciéndole insuficiente.

Hay que revertir esta situación y hay que hacerlo cuanto an­tes. Por eso quiero proponer la celebra­ción de un Año del Agradeci­miento. Cada semana, fijarnos en un motivo para dar gracias y en un propósito a practi­car.

Invito a todos a se­cundarme en esta mi­sión que considero im­prescindible. Necesi­tamos curarnos del egoísmo y de sus consecuencias. Sólo el amor, sólo el agradeci­miento, nos puede cu­rar. El agradecimiento es la memoria del co­razón, pero de aquellos que tienen un auténtico corazón de carne y no uno de pie­dra. Por mu­chos pro­blemas que tengas, aprende a agra­decer. Ni las quejas ni el egoísmo van a solucionar tus problemas. El agradecimiento te ayudará a ver todo lo bueno que tienes o que aún tienes, a disfrutar de ello y a conservarlo. Aprender a agradecer es aprender a vivir.”

 

(faustogarcia2003 @yahoo.com)