Por: Reynaldo R. Espinal

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Tras finalizar la primera guerra mundial y especialmente, con la crisis económica que a partir de 1929 produjo un profundo sacudimiento en los cimientos del orden internacional, surgieron los regímenes totalitarios en Europa, específicamente el fascismo, liderado en Italia por Benito Mussolini y el Nacionalsocialismo en Alemania, tutelado por Adolfo Hitler, lo cual, unido a otras causas decisivas, provocó que en 1939, apenas dos décadas después de la terrible conflagración mundial,  iniciará la segunda en suelo europeo, pero con repercusiones que impactaron, en mayor o menor medida, a todo el orbe conocido.

En  complejo contexto de la década de 1930, los dictadores latinoamericanos se fortalecieron, pues ante las crisis económicas y la desorientación, los pueblos se aferran a los líderes que ofrecen orden y estabilidad, aunque en no pocas ocasiones sus promesas incumplidas y su actitud demagógica y populista termine generando mayor frustración y desencanto que el existente al momento en que asumieron el poder.

El caso de Trujillo no fue la excepción a lo expuesto. Cuando Estados Unidos declara la guerra a los países aliados, tras el cruento e inesperado  ataque a Pearl Harbor, el dictador dominicano, de forma simbólica, pide al congreso nacional, hecho a su imagen y semejanza, le autorice a “ declarar la guerra a Alemania”, gesto desde luego simbólico, sólo orientado a congraciarse con los norteamericanos.

En este momento, como en muchos otros, Trujillo se mostró como un aliado incondicional de los norteamericanos, pero como tras la segunda guerra mundial triunfó la democracia contra los totalitarismos, especialmente en el Departamento de Estado tomó fuerza un nuevo paradigma conforme el cual, no se debía continuar apoyando a los dictadores.

En aquellos momentos, el gobierno dominicano sufrió un embargo de armas y otras medidas indicativas de que no era grato en el nuevo contexto, pero esta situación no sería duradera. Ya en 1946 iniciaría la guerra fría, es decir, el  enfrentamiento ideológico, político y militar entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Los dictadores volverían a ser necesarios, esta vez  para enfrentar al comunismo. Trujillo encontraría otra válvula de escape para asegurar su permanencia en el poder, llegando a proclamarse, con su natural habilidad, “campeón del anticomunismo” y, por ende, como el aliado imprescindible y necesario de los norteamericanos en el caribe y toda la región, especialmente tras el triunfo de la revolución cubana liderada por Fidel Castro, que entre vítores y aclamaciones llega a la Habana el 1 de enero de 1959.

La Carta Pastoral de enero de 1960 provocó, no obstante, un viraje en las relaciones entre Trujillo y la Iglesia, como ya se ha escrito en este espacio en otras ocasiones. Uno de los temas con que Trujillo se propuso manipular a la iglesia para inducirla a un cambio de postura favorable a sus intereses, fue promoviendo la posibilidad de legalizar el comunismo.

El 28 de abril de 1960, concedió una entrevista al periodista Manuel García Javier, del periódico El Caribe. Afirmó que se proponían reformas encaminadas a permitir el libre accionar de los testigos de Jehová, a imponer la pena de muerte para los “ terroristas” que se dedicaban a poner bombas, en clara alusión a las acciones conspirativas del movimiento 14 de Junio y en las que se vinculó también al seminarista cubano Fabrè de la Guardia, entre otros. En cuanto al comunismo, manifestó que  con dicha  reforma se procuraría eliminar de la Constitución  “ la parte que prohíbe la formación del partido comunista… Es necesario que queden en aptitud de actuar libremente”.

A través del tristemente célebre Foro Público escribiría el Señor Luis Montes Valdivieso, nombre real o supuesto, quien opinaba, con sutil ironía,  que dichas reformas “ serán acogidas con beneplácito por las autoridades eclesiásticas del país”, dado que las mismas, en la Carta Pastoral, habían abogado por el derecho a la libertad de conciencia, prensa y de asociación.

Estas medidas, no obstante, no fueron más que amenazas fallidas lo mismo que la supuesta denuncia del Concordato. La iglesia no claudicaría ante el régimen y meses después el sanguinario tirano llegaba a su fin.