Hacia Santiago de los Caballeros

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Monseñor Freddy Bretón Martínez • Arzobispo Metropolitano de Santiago de los Caballeros

Al encargarme de la Arquidiócesis de Santiago llevaba yo casi diecisiete años de ejercicio episcopal. Es decir, muy diferente a mi llegada a Baní, sin haber trabajado siquiera en una curia diocesana. Al llegar a Santiago, había muchas cosas del ministerio episcopal que yo no tenía necesidad de preguntarlas, pues las conocía por experiencia. Sin embargo, al tocarme ahora  una realidad diferente, es necesario dejarme ayudar también en esto. En la transición conté con la valiosa ayuda de Mons. De la Rosa, arzobispo saliente, de quien estoy muy agradecido.

Ahora bien, sucede que al ser Monseñor Flores tan cercano a mí por haberme recibido adolescente, en el seminario Menor, había cantidad de cosas referentes a la vida eclesial del país y de la Arquidiócesis de Santiago que yo las conocía por su medio. Y he comentado con algunos que esto es sorprendente, debido al modo de ser tan diverso de ambos. Había rasgos de mi personalidad que desagradaban mucho a Mons. Flores. Quizá mi ironía y algo de dureza verbal le molestaban, y no lo escondía. Y no sé qué más. Pero lo cierto es que tenía confianza a la hora de comentar detalles —a veces sensibles— de la vida de la Iglesia. Por supuesto, ahora que he estado al frente de esta Iglesia local que fue su Arquidiócesis, es cuando caigo en cuenta de que, providencialmente, todo eso iba preparándome para la misión en estas tierras.

En breves palabras diré: hay cosas que no tengo que preguntar a nadie, pues ya las sabía por medio de Mons. Flores. He tenido que agradecerle por ello muchas veces. Evidentemente, necesito más que eso, pero como acostumbro desde siempre consultar las cosas y escuchar las experiencias, recibo aportes de todos para el bien de la porción que me ha sido encomendada. Este modo de proceder me ha sido muy útil: yo soy el último responsable, pero nada me exime de valorar y aprovechar la riqueza que surge de las diversas opiniones de gente conocedora de la realidad.

Volviendo a Monseñor Flores, ya algunos saben que cuando comenzó a hacerle efecto la enfermedad, me abordó de repente un día para entregarme un papelito. En él podía leerse: “Supe que estás escribiendo unas memorias. Lo único que te pido es que no me menciones ni para bien ni para mal”. De entrada hay que decir que no era posible obedecerle, pues sería como que yo escribiera unas memorias y no hablara de mi padre. Y es que, un día de esos, en un almuerzo comentamos algo de los tiempos en que él fue Rector de San Pío X. Todos nos reímos, pero él lo interpretó mal. Luego avanzó su enfermedad y hubo que internarlo en Santo Domingo. Como yo no pude ir a verlo, aproveché para visitarlo cuando ya estaba de nuevo en Santiago, en la Casa Sacerdotal de Matanzas. Pero en ese viaje mío desde Baní, acordé también celebrar la eucaristía con mi familia, no recuerdo por qué motivo.

Llegué directo a Matanzas y, como no sabía en qué habitación lo habían ubicado, le pedí al padre Pascual Torres que me llevara. Entré con el libro de mis memorias dedicado para él, y lo puse sobre su escritorio mientras le decía: “Aquí está lo que traje para usted”. En seguida sentí una ligera presión en el hombro derecho, y era él empujándome hacia la puerta. Al ver esto, me moví de inmediato y salí de la habitación. Cerró la puerta tras de mí. Resulta que él estaba preocupado porque iba a celebrar la eucaristía.

Me fui con Pascual hasta la sala y nos sentamos un ratito. Cuando ya salía yo hacia mi casa, lo alcancé a ver sentado solo en la sede de la capillita a la espera del padre Pascual, que era el único acompañante en la celebración. Después supe que algo parecido a lo que me hizo a mí, le hizo al Cardenal López en Santo Domingo. Después de esto se recuperó completamente y, cuando volví, hablamos más de una hora acerca de muy variados temas de la vida eclesial. El mismo Cardenal López me dijo que los médicos le explicaron cómo la enfermedad del hígado afecta también la mente.