Excurso a propósito de un exalumno del Colegio Pio Latinoamericano

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La foto y el nombre de Roque Antonio Adames Rodríguez, con otros exa­lumnos, estaba permanentemente expuesta en uno de los murales del Colegio.

Coincidí en Brasil con un condiscípulo de éste y, al saberlo yo, le dije que era mi obispo. Me dijo que Mons. Adames tenía una gran memoria, pues una vez tuvo dificultades con la vis­ta cuando eran estudiantes, y rezaba el breviario completo de memoria en latín.

Esto que me dijo con cierto énfasis el también obispo, su condiscípulo, no me asombró mucho, pues era conocida la gran inteli­gencia de Mons. Adames.

En realidad me pareció poco que resaltara solo su memoria. (Quizá este re­nombrado arzobispo no practicaba la recomenda­ción de Dale Carnegie, ser pródigo en el elogio… frase que aprendí del padre Ra­món Benito De la Rosa Carpio, muchos años ha).

En ese mismo encuentro de Brasil quedé al lado de un renombrado eclesiástico latinoamericano, en el autobús en que nos dirigíamos hacia una universidad. Co­menzamos a hablar de distintos temas: de aspectos de la pastoral, del ministerio sacerdotal… Llegados a un punto del diálogo yo le dije que veía como una de las mayores dificultades del ministerio querer apropiar­nos las obras que eran solo de Dios, pues a menudo hasta sin darnos cuenta estábamos buscando acreditarnos por medio de distintas obras, o exigiendo que se anotaran tantos a nuestro favor… Y en verdad consi­dero esto un gran y extendido peligro. Para mi descon­cierto, el gran eclesiástico me respondió: “Sí, pero re­cuerda que el perdón es cristiano”. Después comenté con alguien esta respuesta, y entendió que sería que se dio por aludido. Aunque no dio muestras de estar in­cómodo conmigo. Incluso nos sentamos juntos en el acto al que asistimos en la Universidad.

Para completar la digresión diré que en el mismo evento conversé brevemen­te con el Cardenal Aloysius Ambrozic (fallecido en el 2011), entonces Arzobispo de Toronto; hablamos sobre los Padres de Scarboro y me alegré al ver que incluso re­cordaba al querido Padre Luis Quinn.

Ya he mencionado el aprecio que llegué a tenerle a Mons. Adames. Recono­cido intelectual y, sin em­bargo, dicen que había que ver cómo predicaba a los campesinos. Al padre Ba­tista le oí decir que él se quedaba asombrado cuando lo escuchaba predicando en el campo.

No participé en muchas reuniones del clero de San­tiago después que inicié como Formador del Semi­nario Santo Tomás de Aqui­no. Pero guardo buenos re­cuerdos de esos encuentros. Con Mons. Moya y los pa­dres mayores, los contemporáneos y los más jóvenes; con un grupo de Diáconos muy apreciados. Solo alguna vez vi algo desentonado, como cuando un religioso que trabajaba en la misma ciudad trató muy malamen­te a Mons. Adames. Era español y al hablar tenía algo de dificultad en la len­gua. Sucedió que al poco tiempo dejó el ministerio. Otra vez pasó algo que no supe explicarme. Mons. Adames estuvo en la reu­nión, con su sotana blanca, pero no dijo absolutamente nada y toda la reunión se la pasó mirando unos libros sobre crianza de perros. Es­taría enfermo, pero enton­ces quizá era mejor que se hubiera quedado en casa; creo que lo hubiéramos ex­cusado sin dificultad.

Los hombres muy inteli­gentes a veces tienen salidas que no lo parecen. Esa fue la impresión que yo me llevé en la ordenación presbiteral de Timoteo Gonzá­lez (29 de junio del 1975, solemnidad de San Pedro y San Pablo). Yo era semina­rista y participé de la Cele­bración desde una esquina del coro de la Catedral de Santiago. Ésta se encontraba completamente llena, pues creo que había también algo de fiesta diocesana. Lo cierto es que en la homilía el Obispo, que al año si­guiente cumpliría diez años de episcopado, preguntaba a la gente si debía renunciar al cumplir el decenio. “¡Válgame Dios!” Me dije yo por dentro, mirando la asamblea de fieles mayoritariamente sencillos. Qué dirá esta gente sino “siga adelante, Monseñor, confíe en Dios que le dará las fuerzas necesarias…”.

Entendí que si Monseñor quería plantear esa cuestión, este no era, ciertamente, el escenario adecuado. Y en medio de una Ordenación.

Por supuesto, estas cosas no disminuían la dimensión personal y pastoral de Mons. Adames y, en cuanto a mí, no minaron o pusieron en peligro el aprecio y el respeto que siempre le tuve.