Es bueno apartarse un poco del trajín

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Creo que ha sido buena para mi ministerio la costumbre de buscar tiempo para apartarme un poco del trajín diario. Cuando estuve como sacerdote en la zona de Imbert, Puerto Plata, me encerraba –siempre que podía– en el Centro Padre Cortina, en Altamira, con la complicidad de Víctor Frías –el sacristán de la iglesia– cuya misión era evitar que nadie supiera que yo me encontraba  en ese lugar. En el mismo Seminario Santo Tomás de Aquino me metía en la manigua que era toda la zona que da a la Rómulo Betancourt, incluido el parqueo de la Casa San Pablo. Entre esos matorrales criaban cerdos Eligia y alguna dama de la cocina. Y yo me recreaba mirando algunos tipos de plantas, flamboya­nes e incluso unas raras palmeras espinosas (creo que corozo), dos de las cuales se conservan actualmente junto al vestíbulo de la Sede de la Conferencia del Episcopado Domini­cano. Había también guáyiga  por todos lados. Y mucho guao, por lo que algunos salían llenos de ronchas. El Padre Diómedes entraba machete en mano, y no lo detenían ni las abundantes y bravas avispas; eso sí, el rubio salía de ahí rojo como tomate.

 

Hermanas del Perpetuo Socorro

 

La casa de las Hermanas del Perpetuo Socorro era un oasis en el Seminario Santo Tomás de Aquino, con la capillita dedicada a su patrona en la primera planta. Yo, después de caminar dialogando con los seminaristas, en el patio del Seminario o en la Sarasota, solía pasar por donde las hermanas, a veces en procura de un buen jengibre. A menudo coincidía con el amigo Federico Domínguez (E. P. D.). Sor Carmen Dolores había sido amiga de mi padre y mi madre en su juventud; juntos iban a los retiros del Padre Fantino al Santo Cerro. Y era parienta cercana de mi padrino José Torres. Con Sor Carmen estuvieron Sor Amada (muchísimos años), Sor María del Carmen, Sor Gerarda, Sor Altagracia y otras más. Con mi amigo Federico me sucedió un día, que lo encontré cerca de la Virgen de Altagracia, en el pasillo hacia la capilla de entonces. Había tomado un galón plástico, como los de cloro, lo abrió en el centro levantando dos especies de orejas y sembró una plantita; a la tapa negra de la boca del galón le abrió dos agujeros de tal modo que aquello parecía un perfecto cerdito. Como Federico en ese tiempo era más bien gordo y con bastantes cachetes, y traía su obra de arte sobre una palma de la mano, a la altura de la cara, al verlo, dije lo que se me ocurrió: “Nunca había visto una creatura tan parecida a su creador…”. Y, como éramos amigos, no se ofendió.

 

Servidores del Seminario

En el Seminario Santo Tomás de Aquino recuerdo por el área de las aulas a la infatigable Raquel Lantigua luchando entre otras cosas, en el pequeño cuarto, con el viejo mimeógrafo (¡Ay los tiempos de exámenes…!); era invariable su dedicación y su cariño. Luego a la Dra. Miriam Michel en la Bi­blio­teca; en el Decanato Doña Alba Aquino, Paula, Eira Brazobán, Delgadillo; Wander en la librería… Y muchos más. También hizo gran labor en el Seminario el personal de apoyo: el Hno. Martín (administra­ción y mantenimiento), Pe­guero, Venancio, Alfredo, Adriano, Flora, Agripina y otros. Y en la cocina, Eligia (E. P. D.), Delgadina Mora, Dora, Francisca, Altagra­cia; y antes Gloria, Chucha, Mela, y demás. Ya lo dije: ¡Cuánta gente buena puso Dios en nuestro camino!

Para la V Conferencia del Episcopado latinoame­ricano nos dieron una identificación que debíamos ­llevar; sobre todo por la presencia del Papa Juan Pablo II, la seguridad era extrema. Dígase, de paso, que la última mata de trinitaria sembrada por mí, ya grande y hermosa, se la llevó la calzada que se ­cons­truyó desde la Casa San Pablo hasta el salón del Seminario, que se usó como comedor. Pues bien. Una noche, después de un día de muchos afanes, a Alfredo (que en paz descanse), se le ocu­rrió salir a comprar una cervecita.

Se había dicho a todos que por ningún motivo de­bíamos abandonar el Semi­nario; estábamos acuartelados. Alfredo logró salir, pero cuando quiso entrar, la seguridad se lo impidió. Hubo que mover muchas teclas para lograr que lo dejaran entrar. Y había gente que echaba chispas contra el buen Alfredo, a quien salió caro refrescarse con su cervecita.

En cuanto a los Formadores, tuve compañeros sacerdotes mayores y me­nores que yo: Mons. Ramón de la Rosa, PP. Juan Severino, Fausto Mejía, Pa­blo Cedano, Diómedes Espinal, Teófilo De la Cruz, Francisco Ozoria, Carmelo Santana, Martín Castillo, Freddy Blanco, Manuel Ruiz, Alexis Me­jía… Todos fueron –de una u otra manera– un estímulo, una verdadera escuela para mí.