-Padre Miguel Marte

En aquellos días, el Señor dijo a Elías: “Unge profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Prado Bailén.” Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas en fila, él con la última. Elías pasó a su lado y le echó encima el manto. Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: “Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo.” Elías le dijo: “Ve y vuelve; ¿quién te lo impide?” Eliseo dio la vuelta, cogió la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; hizo fuego con aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente; luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a su servicio. (1 Reyes, 19, 16b.19-21)

El movimiento profético es catalogado por uno de los más brillantes estudioso del Antiguo Testamento como “el fenómeno más asombroso de la historia de Israel” (G. von Rad). Sin duda que los profetas jugaron un papel inigualable y decisivo en la historia del pueblo judío. Ellos son guardianes, defensores y promotores de la fe yahvista. Son la voz de la conciencia para su pueblo. El profeta indica, corrige, amonesta. Hace volver a la fuente, al tiempo que abre horizontes de esperanza en los momentos de calamidad. Proverbios 29, 18 recoge de una manera singular lo que significa el profeta para Israel: “Cuando no hay profeta, el pueblo se relaja y diluye”.

El texto que hoy se nos propone como primera lectura nos sitúa ante dos de los profetas más influyentes del mundo bíblico: Elías y Eliseo. El primero pasará a ser el representante de toda la tradición profética; el segundo, será recordado como gran taumaturgo y el más popular. Aunque no son profetas “escritores” como Isaías, Jeremías o Ezequiel, darán origen a una tradición sobre sus personas que influirá hasta los tiempos de Juan el Bautista y Jesús, hasta el punto de ser identificados con estos. Su importancia corrobora que la vocación profética no tiene como fin escribir, sino anunciar de forma oral la palabra de Dios. Ellos invitan a escuchar la palabra de Yahvé, no a leerla. En sentido bíblico, el profeta es el hombre de la palabra, no de la letra. Profeta se deriva de pro-femi, el hombre que habla en lugar y de parte de Dios. El profeta es quien habla como si fuera la boca misma de Dios. Una fórmula recurrente, bajo diversas variantes, recoge esa convicción que tiene el mismo profeta: “esto dice el Señor”, “oíd lo que dice el Señor”, “escuchad esta palabra de Yahvé”, “oráculo de Yahvé”.

Elías y Eliseo aparecen en el Antiguo Testamento como verdaderos enviados de Dios para corregir, con su mensaje oral, el camino de Israel y de los reyes contemporáneos a ellos. Lo importante del profeta es su voz, de ahí la fuerza de las palabras que pronuncia. Su palabra estalla en el contexto en que la transmite con un sentido de urgencia. Por lo regular quienes la escuchan se sienten interpelados tanto para su bien como para su mal. Y en el caso de estos dos podría decirse que son más para ser mirados que para ser escuchados.

Elías y Eliseo desempeñaron su misión profética entre los años 869-786 a.C., en el reino del Norte. Su principal batalla será contra la idolatría, presente en los recurrentes relatos que señalan que los israelitas se debatían entre la fidelidad a Yahvé y la adoración a Baal, dios cananeo. El mensaje central de su profecía podría resumirse en estas palabras: “Yahvé es el dueño de la vida y la muerte; Baal es un dios sin poder e inexistente. Ambos son acérrimos defensores el Yahvismo. Su profetismo es una especie de “profetismo de oposición”. En Elías y Eliseo se encarna de manera particular lo que se ha dicho con respecto a todos los profetas: “Su mensaje está en ellos más que en sus palabras u oráculos”.

En el texto de hoy, nos encontramos con un gesto de discipulado o de sucesión profética: Elías pasó por el lado de Eliseo y “le echó encima el manto”. Ese signo bastó para que Eliseo abandonara el arado y decidiera seguirlo. A dos hombres cuya misión consistirá en pronunciar palabras les basta un gesto.  A veces los gestos valen más que las palabras. El manto aquí, además de ser un signo de sucesión, lo es de autoridad profética. Esta pasa de Elías a Eliseo. Este último expresa su decisión irreversible de seguirle “quemando las naves” (quema sus útiles de trabajo).