El síndrome de HYBRIS o la soberbia del poder

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En perspectiva cristiana, como escribiéramos recientemente, y así lo sostiene en sus diversos documentos el magisterio de la Iglesia, su finalidad última del poder es el servicio. Un acto sublime de caridad en la edificación de una sociedad más justa y más humana.

Pero no siempre ha sido así ni muchos de quienes lo ejercen   piensan o actúan de ese modo. Para no pocos, el poder es un mecanismo ­codiciado para escalar social y economicamente y la designación en una función pública una licencia para el mero disfrute de sus ventajas y privilegios. ¿No escuchamos con sorprendente frecuencia la desazonante expresión: “el poder es para usarlo”?

Pero más aún. Frecuente es constatar cómo desde una posición de poder la perso­nalidad de quien lo ostenta parece transformarse. El ego se infla. Las pasiones se desatan. Afloran los senti­mientos de omnipotencia y superioridad que causan estragos en la vida de mu­chos.

A este respecto, el Dr. David Owen, médico neuró­logo, ex. Rector de la Uni­versidad de Liverpool y quien ejerció como ministro de salud y de relaciones exteriores de los gobiernos laboristas ingleses entre 1974 y 1979, publicó en el año 2009 un valioso libro titulado “En el poder y en la enfermedad. Enfermedades de jefes de estado y de go­bierno en los últimos cien años”. Ediciones Siruela, España, 2015.

En las páginas iniciales conceptualiza sobre lo que ha denominado el “Síndro­me de Hybris”. No es pro­piamente un término médico. El mismo comenzó a desarrollarse en la antigua Grecia como un acto conductual. “Un acto de Hybris era aquel en el cual un personaje poderoso, hinchado de desmesurado orgullo y confianza en sí mismo, tra­taba a los demás con insolencia y desprecio. Para él era como una diversión usar su poder para tratar así a los otros, pero esa deshonrosa conducta era severamente censurada”.

Un sinónimo de Hybris vendría a ser la “intempe­rancia”, tal como lo definió Platón en el Fedro: “si se trata de un deseo que nos arrastra irrazonablemente a los placeres y nos gobierna” o como lo consignara Aris­tóteles en su retórica cuando refería que “el placer que alguien busca en un acto de hybris se encuentra en mos­trar superioridad”. Afirma­ba Aristóteles que, por tal razón, los jóvenes y los ricos eran proclives a insultar (hybristai, es decir, insolentes, pues piensan que cometiéndolos ( los actos de hybris) se muestran supe­riores”.

Destaca Owen, no obs­tante, que no fue propiamente en la filosofía sino en el drama donde el concepto de Hybris continuó desarro­llándose, siguiendo la si­guiente trayectoria:

“El héroe ganaba la gloria y la aclamación al obte­ner, contra todo pronóstico, un éxito inusitado. La experiencia se le subía a la cabe­za y empezaba a tratar a los demás, simple mortales, con desprecio y desdén, y llega a tener tanta fe en sus pro­pias facultades que empieza a sentirse capaz de cualquier cosa.

Este exceso de confianza en sí mismo lo lleva a interpretar equivocadamente la realidad que lo rodea y a cometer errores. Al final se lleva su merecido y se en­cuentra con su némesis, que lo destruye. Némesis es el nombre de la diosa del