El Salmo 24

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El Salmo recrea la grandeza del Dios Yahvé, él es Señor, elemento primordial dentro de la fe israelí.

 

 

Los Salmos son las oraciones del pueblo de Dios en la Biblia en forma poética, son palabras de Dios como todo lo que hay en la Biblia. En el contexto litúrgico armonizan y sirven de puente entre la primera y segunda o tercera palabra de Dios en el Antiguo o Nuevo Testamento que se nos dirige.

El salterio lo componen 150 Salmos. Hay muchos otros Salmos que no están en la Biblia y que se consideran apócrifos, pero no por­que distorsionan o contradicen la revelación de Dios en el resto de las Sagradas Escrituras, sino por la simple razón de que no están.

Hay diversas tipologías de Sal­mos, la más común es la de súplicas, como la mayoría de las oraciones del creyente, pero hay Salmos de alabanza, Salmos reales que realzan la grandeza del rey o de Dios, Salmos de los peregrinos al llegar a Jerusalén, que algunos llaman Salmos de subida, y así diversas colecciones con nombres pseudoepigráficos, como los de David, con el objetivo de que el mensaje oracional y de Dios llegue, atraiga y guste.

Nuestro Salmo 24 está dentro de la primera colección de los Sal­mos de súplicas de David, que va del Salmo 3 al 32, y algunos les parece que está en un contexto litúrgico, pues se ubicaría en la entrada del templo de Jerusalén, en este caso el segundo templo, construido después del regreso del destierro de Babilonia, en el siglo VI a.C. En él intervienen varias personas o grupos, sin embargo se hace presente el señorío de Dios. Tendría cierto paralelo con el Sal­mo 15, dentro de esta misma colección.

Hay unas preguntas y respuestas y se celebra la entrada de Yah­vé al templo, pero no se puede precisar en qué celebración o qué tipo de celebración o circunstancia se ubica, pero es posible que su contexto vital esté en alguna gran fiesta de Israel.

El Salmo recrea la grandeza del Dios Yahvé, él es Señor, elemento primordial dentro de la fe israelí. Hay presencia de la teología de la elección. El monte del Señor, Sion, es el lugar sacro, lugar del templo, es su habitación en el mundo, lugar especial donde solo puede habitar él. De ahí que por la santidad de Dios, tiene sentido la pregunta de quién puede entrar en dicho lugar; solo los que gozan de transparencia ante Dios y los de­más, los que tienen pureza de corazón, los que no son corruptos, pues sus manos están limpias, los que son íntegros ante su Señor y el mundo. En otras palabras, los que ya tienen una relación religiosa auténtica con Yahvé y en armonía con los demás. Es un nuevo pue­blo, un nuevo tipo de humanidad, que se identifica con Dios y quiere estar con él.

A partir del versículo 7, el Sal­mo adquiere un tono solemne con preguntas y respuestas que po­drían hacer pensar en algún mo­mento significativo del pueblo de  Israel, alguna fiesta, un tipo de solemnidad, etc., pero no, es hacer notar la presencia de Yahvé de for­ma llamativa, impactante, como lo que es: el Rey de la gloria, el hé­roe; en esto resuena el Éxodo y todas las hazañas de Dios en bien de y con su pueblo, se resalta la elección y solidaridad del Dios Yahvé en íntima relación con Israel.

El cristiano de hoy, como el israelita del tiempo del Salmo, le resulta fácil el reconocimiento del señorío de Dios y la proclamación universal del mismo. El creyente sabe que tiene que ser perfecto como el Padre celestial lo es, y sabe que ese Rey de la gloria es Cristo resucitado, anunciando la llegada del Reino de Dios.