Así dice el Señor: “Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo Único, y llorarán como se llora al primogénito. Aquel día, será grande el luto en Jerusalén, como el luto de Hadad-Rimón en el valle de Meguido.” Aquel día, se alumbrará un manantial, a la dinastía de David y a los habitantes de Jerusalén, contra pecados e impurezas. (Zacarías 12, 10-11; 13,1)

Ante todo, digamos algo del contexto histórico en que aparece el profeta Zacarías y el texto que se nos propone hoy como primera lectura. Hacia el año 538 a. C. una primera oleada de judíos exiliados en Babilonia regresa a su tierra, Judá. Inician la reconstrucción del país, tarea nada fácil, tanto en lo material como en lo humano. Hacia el 520 otro grupo regresa al país imprimiendo nuevos impulsos a esa tarea de reconstrucción de la infraestructura y de la restauración cultural (más adelante Esdras y Nehemías jugarán un papel preponderante en esa tarea). Los profetas Ageo y Zacarías ayudarán en la renovación religiosa del pueblo.

Así, estos dos profetas intentan revitalizar la fe en medio de las tareas de reconstrucción material. Entendieron muy bien que de nada serviría tener una nueva ciudad, con un majestuoso templo y esplendorosas murallas, si no había un cultivo de la dimensión espiritual de sus habitantes. Uno de los elementos con los que Zacarías pretendía despertar el espíritu de la gente era ayudarlo a soñar con un horizonte utópico. ¿Acaso puede el hombre avanzar en la vida sin tener ante sí una utopía que lo jalone? O como hermosamente ha escrito Oscar Wilde: “Un mapa de la tierra en la que no está señalada la Utopía no merece la pena mirarse”.

Pues bien. Hoy estamos ante uno de esos textos que nos ponen a mirar hacia adelante. En él prácticamente todos los verbos están en tiempo futuro, y en dos ocasiones aparece la expresión “aquel día”. Es propio del profeta Zacarías, especialmente en la parte final de su libro, aludir al “Día de Yahvé”. Será un día especial donde aparecerán simultáneamente experiencias lúgubres, lo mismo que gozosas: “Aquel día, será grande el luto de Jerusalén…”, “Aquel día, se alumbrará un manantial…”. Ambas afirmaciones aparecen en el texto que nos ocupa en esta ocasión. “Será un día en el que la realidad será alterada y un nuevo orden surgirá de la creación” (Pablo Andiñach). Será un día de arrepentimiento y renovación. 

Con su mensaje, el profeta Zacarías invita a los habitantes de Judá a mirar más allá del presente inmediato, a soñar con un futuro utópico, que no quiere decir fantasioso. Un futuro totalmente nuevo, inédito, hasta entonces impensable. Los invita a lanzar su mirada hacia “aquel día” que sobrepasa el ahora de la existencia. Un día que no aparece señalado por el calendario, sino que está en manos del mismo Dios. A través del profeta Dios pide ensanchar la esperanza porque “aquel día, se alumbrará un manantial”.

Por lo menos diecisiete veces se menciona la expresión “aquel día” en los capítulos 12-14 del libro del profeta Zacarías. Y siempre que aparece en seguida se indica una acción divina en favor del pueblo. Hacia ese día apunta la historia humana, pero no avanza caprichosamente, sino guiada por el mismo Dios. Será Él quien la lleve a su culminación, transformando y purificando a su propio pueblo “contra pecados e impurezas”. No basta una renovación de las estructuras externas, siempre tendrá que haber una transformación interior que lleve a plenitud al ser humano.

La imagen del manantial que brotará “aquel día” en Jerusalén nos habla de vida. No puede haber una ciudad nueva si al interior de sus murallas no se goza de vida nueva. Aún más, es imposible dedicar los más arduos esfuerzos en la construcción de estructuras exteriores si no se hace con la esperanza de que será el escenario idóneo para una vida realizada.