El otro paráclito

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Allí donde las fuerzas humanas no son suficientes, el Espíritu Santo nos asiste con sus dones

 

En el Evangelio de este domingo seguimos leyendo la primera parte del discurso de despedida de Jesús. La semana pasada se nos ofrecía una primera sección donde predo­minaba la idea de su partida a Casa del Padre para preparar sitio a sus amigos. Allí Jesús era presentado como el anfitrión que se adelanta a preparar las habitaciones que ocuparán los huéspedes cuando lleguen a su casa.

Hoy, en cambio, resaltan dos elementos: la forma concreta en que los discípulos podrán expresar el amor que sienten por su maestro, y la promesa de Jesús de pedir al Padre que les envíe el Espíritu Santo, quien será su defensor, para que no queden en la orfandad. Guardar los mandamientos del Señor solo es posible si se cuenta con la asistencia de alguien exterior que sea superior a las capacidades humanas. Jesús lo sabe. Él mismo ha tenido que contar con la asistencia del Espíritu al momento de iniciar su misión y a lo largo de toda ella. Por eso se lo promete a sus amigos. Allí donde las fuerzas humanas no son suficientes, el Espíritu Santo nos asiste con sus dones. Es algo que “el mundo […] no lo ve ni lo conoce”.

Jesús llama al Espíritu Santo “otro Paráclito”, término griego que significa “defensor, abogado ante un tribunal, el que protege, el que asiste, el que guía, el que sustenta…”. Si Jesús habla de “otro Pa­ráclito” quiere decir que ha habido “un primero”; ese primer defensor ha sido el mismo Cristo. Con su re­greso al Padre los discípulos podrían sentirse como huérfanos, desamparados, amenazados; por eso el “otro Paráclito” tendrá que continuar la función del propio Jesucristo, ahora en “forma” de presencia divina. Este “otro Paráclito” ayudará a los seguidores de Jesús a alcanzar un conocimiento pleno de la revelación de Dios Padre en su Hijo. Por eso es llamado Espíritu de la verdad.

Si nos fijamos bien, esta primera parte del discurso de despedida de Jesús, tanto los versículos de este domingo como los del fin de sema­na pasado, nos viene preparando para la fiesta de la Ascensión del Señor, la cual estaremos celebrando la próxima semana. Desde ya se nos insiste en que la Ascensión no ­constituirá una ausencia u olvido por parte de Jesús. Por eso sus ­pa­­la­bras insisten en que no dejará solos a sus amigos, promete pedir al Padre que les envíe “otro Pará­clito”, para “que esté siempre con vosotros”.

Sabemos que la experiencia de orfandad podría provocar un de­rrumbe anímico. Cuadro depresivo, se le suele llamar. Previendo esa posibilidad es que Jesús promete a sus discípulos “no los dejaré huérfanos”. Y hasta el día de hoy ha cumplido su promesa. El Espíritu Santo, ese “otro Paráclito”, está presente en la vida cotidiana de la comunidad eclesial en su conjunto y en cada uno de sus miembros de forma particular. Si no fuera por esa presencia suya anduviéramos desorientados, desanimados, sumergidos en el hueco del pesimismo. Pero no; el Señor Jesús sigue presente entre nosotros gracias a su Espíritu de resucitado.

En definitiva, Jesús pide a sus seguidores que confiemos en su promesa de enviarnos “otro Pará­clito”. Nuestra espera de ningún modo puede ser pasiva. Por eso insiste en que observemos sus mandamientos como signo de que lo amamos. Es en la vivencia de sus mandatos que nos daremos cuenta si ya estamos siendo asistidos por ese otro defensor, que es el Espíritu Santo. La vivencia del mandamiento es el signo de la presencia del Espíritu en nosotros.