El mejor regalo

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Supongo que a todos nos gustan los presentes: por cumpleaños, por pasar de curso, o en temporadas festivas; cuando nos graduamos… Entre nosotros, a menudo se hace un espectáculo, exigiendo a quien recibe que lo abra delante de todos. Personalmente prefiero dejarlos reposar en mi casa, para abrirlos sin prisa.

Como puede verse, no falta quien efectúa una especie de ritual para sacarlos a la luz.

Cuando niños, se nos iluminaban los ojos y galopaba el corazón, ante la maravilla de un humilde obsequio. ¡Tiempos inolvidables aque­llos! Por supuesto éramos niños pobres; es un poco más difícil impresionar a un niño rico…

Ya de adultos llegamos a entender que hay regalos engañosos, que pueden ser como anzuelo que ensarta a cualquier persona incauta. De ahí que, para poder gozar de libertad, es preferible a veces no recibir alguno de ellos. No por nada re­cogió Virgilio en la Eneida el anti­guo refrán: “timeo danaos et dona ferentes” (temo a los griegos aun­que traigan regalos). Pienso que este aserto no pierde vigencia, pero no aplica jamás cuando de Dios se trata.

Siendo yo niño, escuche a una dama hablar sobre la conveniencia de tener novio de una determinada nacionalidad, pues, según ella, se desbordaban en presentes para la novia.

Pero Dios supera infinitamente al mejor pretendiente, pues nadie ha sido ni será más obsequioso ni más desinteresado con nosotros.

Nuestra vida viene de Él, lo cual equivale a decir, todo. Vida humana y vocación son inseparables, pues nadie es creado sin un propósito («Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te consagré» Jeremías 1,5).

¡Cuántas historias hermosas de personas que han respondido al Señor!

Si cada uno contara la suya…

En cuanto a mí, suelo decir que cumplo años cada vez que me parece, pues son tantas las fechas. Pero como la vocación no hay nada. Puede parecer exagerado: hay quien no celebra su nacimiento y sí su consagración u ordenación.

Por supuesto, primero hay que nacer. Pero no falta quien lo haga y se pierda. No creo, pues, que se deba celebrar tanto el haber nacido, cuanto el haberle dado sentido a esa existencia realizando el propósito de Dios para cada uno.

Hay muchas historias, dije; y yo también tengo la mía, que ojalá pudiera contarla extensamente.

Por ahora solo diré que padres y madres, hermanas y hermanos, obreros, profesionales, artistas, maestros y orfebres bajo el designio del Altísimo, han laborado hasta el cansancio preparando todo lo necesario para mi vocación. Siendo obra de Dios, el resultado ha sido sorprendente; y aunque inmerecido, muy gratificante.

He correspondido de algún modo al amor de alguien tan extraordinario, y no han faltado los deseados frutos.

Aun así, ha de saberse que, como lanza el juguete el niño inconsciente o malcriado, yo también he hecho tambalear mi vocación de vez en cuando.

Pero Dios es paciente y ha espe­rado mi vuelta; el niño travieso ha recogido el juguete, aunque tenga que ser reparado una y otra vez por el Padre.

Mucha paciencia ha debido tener el buen Dios conmigo.

Le doy infinitas gracias por sus dones que, sin mérito mío, ha depositado en mí para el bien de su pueblo.